La palabra utopía fue acuñada por el santo inglés Tomás Moro —esposo, padre de familia, filósofo, teólogo, político, historiador, poeta, estadista, novelista, abogado, juez y diplomático— y con ella tituló su libro de 1516. Dicho término está formado por los componentes griegos οὐ, que significa “no”, y tópos, que quiere decir “lugar”. Por tanto, utopía es “un lugar que no existe”.

Este santo mártir imaginó lo que le pareció que podía ser una sociedad plena, feliz y llena de paz. Pero no es el primero ni el único; por ejemplo, cuatro siglos antes de Cristo, el filósofo Platón presentó en su obra “La República” su propio modelo de sociedad ideal; y Karl Marx, en el siglo XIX, creyó que el modelo perfecto de felicidad y concordia no es trascendente, sino totalmente terrenal y finito, por tanto, sin lugar alguno para Dios y la religión.

Ahora bien, si se conciben utópicas sociedades es sencillamente porque hasta ahora ninguna ha dado al total de la humanidad la paz, la justicia y la armonía anheladas; y el problema empieza por el hecho de que cada grupo o cada ideología tiene su propia versión de lo que es esa paz, justicia y armonía.

Por eso los conflictos bélicos no han faltado desde inicios de la humanidad, si bien en determinados períodos y lugares se llega a asentar por un tiempo la paz, o al menos la paz aparente, encendiéndose cuando menos se espera la chispa de la guerra, de las invasiones, de las dictaduras, etc.

Decía Pablo VI en 1974: “Lo que compromete la solidez de la paz y el favorable desenvolvimiento de la historia es la secreta y escéptica convicción de que es prácticamente irrealizable”. Sin embargo, “no por eso la paz debe considerarse una utopía”.

Juan Pablo II explicó en 1982 que, “para el cristiano, la paz en la Tierra es siempre un desafío, a causa de la presencia del pecado en el corazón del hombre”, y que todas sus iniciativas por la paz “son siempre limitadas en su alcance, precarias en sus resultados y ambiguas en su inspiración”.

Y Benedicto XVI, en enero de 2006, enseñó que la verdadera y auténtica paz “es un don celestial y una gracia divina, que exige a todos los niveles el ejercicio de una responsabilidad mayor: la de conformar —en la verdad, en la justicia, en la libertad y en el amor— la historia humana con el orden divino”.

En otras palabras, cualquier paz terrena que prescinda de Dios siempre será relativa y frágil.

TEMA DE LA SEMANA: MIENTRAS HAYA PAZ, HABRÁ ESPERANZA

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 27 de diciembre de 2020. No. 1329