Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

Hablar del “paciente Job” denota conocer el libro bíblico sólo por los forros, pero desconocer el interior tanto del libro como del personaje: el Job impaciente, objetor de conciencia, en crisis permanente. De próspero ganadero y terrateniente con casas, hijos y servidumbre, pasó sorpresivamente a piltrafa humana y mendigo de estercolero, zaherido por su mujer, reprendido por sus amigos, rebelde ante la injusticia, de virtud sospechosa y calumniado ante Dios por un intrigante segundón de palacio llamado Satán.

En su felicitación navideña a la Curia, el Papa Francisco revisa algunos personajes bíblicos que entraron en conflicto con Dios: Abraham, sin ser reportero, le lanza una pregunta molesta: “¿De modo que vas a destruir al inocente con el culpable?” Semejantes diálogos tuvieron Moisés, Jacob, Elías, el Bautista y el mismo Jesús, cuando el Tentador intentó, sin éxito, distanciarlo de su Padre: “¿Por qué me has abandonado?”.

Conocer, aunque de pasadita, la crisis que enfrenta Job, nos puede ayudar a superar la nuestra, porque Job logró levantarse del estercolero a pesar de las falsas soluciones que le ofrecían sus amigos. Se precipitaron en dar soluciones contra su conciencia, sin haberlo escuchado. Lo hicieron bienintencionados sin duda, pero insensibles e incapaces de comprender la realidad y el corazón del que sufre. Quien no ha experimentado el dolor, mal comprende a quien lo padece. Sobre todo cuando apela a Dios, a quien desconoce. De este calibre son las soluciones que ahora se proponen a la crisis del Covid. “Quien no mira la crisis a la luz del Evangelio, se limita a hacer la autopsia de un cadáver: miran la crisis pero sin la esperanza del Evangelio”, dice el Papa y explica: “porque nunca han dialogado con Dios ni se han enfrentado con el Evangelio”. Sólo se miran en el espejo deformante su ego, y terminan creyéndose demiurgos con derecho a generar conflictos, señalar culpables y crear división. Están fuera de la realidad: Dios no necesita quien lo defienda, sobre todo cuando no se le conoce o se tiene una imagen distorsionada de él.

Dos son las cuestiones que Job plantea a Dios: Que en la creación reina el desorden y la insensatez, ¿por qué Dios la permite? y que los malvados son los triunfadores y los justos los perdedores, ¿por qué Dios permite que sufra el inocente? Satán le cambió la mirada interior a Job y comenzó a ver desastres e injusticias por doquier: “¿Dónde está tu Dios? No hay Dios que me pida cuentas”, se pregunta el impío y su eco resuena entre nosotros.

Dios acepta el litigio y responde con doble discurso: En elevado tono poético le muestra la belleza y el orden de la creación, y lo inagotable de su sabiduría allí escondida. El hombre jamás la agotará. En el segundo discurso le muestra, según la ciencia de su tiempo, la debilidad humana ante el poder de Dios, capaz de someter las bestias indomables y al Leviatán y al Behemot, símbolos del mal. Nada escapa a la soberanía de Dios. Job reconoce el poder de Dios y con la mano en la boca confiesa su ignorancia. Este poder divino se nos revelará en la debilidad de Jesucristo, crucificado y resucitado. En él todo tiene su consistencia: El hombre, el mundo y Dios están interconectados por el amor, única fuerza que vence el mal.

Job, sepultado en su entorno convertido en basurero y rascándose con su tepalcate, es imagen profética y siniestra de lo que seremos si no comprendemos y respetamos la sabiduría divina presente en la obra de Dios, el hombre junto con la creación. La ecología es también teología.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 17 de enero de 2021. No. 1332