Por Jaime Septién

El célebre pensador danés Sören Kierkegaard (1813-1855) dejó dicho en uno de sus libros: “La poesía y la religiosidad suprimen el vendaval de la sabiduría mundana del vivir. Todo individuo que no vive poética y religiosamente es un tonto”.

La Cuaresma –y más esta segunda Cuaresma de pandemia– nos regala la oportunidad de “acordarnos” de lo que estamos hechos, arrepentirnos de sólo confiar en “la sabiduría mundana del vivir” y arrojarnos (como pretendía Kierkegaard en otra parte de su pensamiento filosófico) al agua sin medir su temperatura.

¿Qué significa vivir “poética y religiosamente”? Tengo para mí dos cosas: no medirlo todo por el precio, sino por el valor, y confiar absolutamente en Dios y en su Providencia. Nadie podrá arrancarme de la cabeza la idea de que es “volverse como un niño”. Son ellos –como nos instruyó el Señor Jesús– los que habitan la inocencia primigenia, los que necesitan solo una rosa para construirse un universo.

Cuaresma más que un sendero tortuoso e incomprensible al desierto y la soledad, es la oportunidad de redescubrir nuestro origen en el humilde polvo, en la insignificancia de una caña que se dobla al viento…, pero una caña pensante; que puede actuar por el bien común, que tiene las herramientas para levantarse cuando cae y los arrestos para amar lo diferente.

Mirar al cielo y sumirnos en las raíces de nuestra fe: son cuarenta días para vivir poética y religiosamente el cristianismo; una pausa preciosa para enfrentar el vendaval del egoísmo que se extiende como mancha de aceite en las aguas heladas del mundo.

TEMA DE LA SEMANA: “CUARESMA CON LA CRUZ DE FONDO”

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 21 de febrero de 2021 No. 1337