En memoria del doctor Francisco Núñez Vera

Muy querido Paco: como cientos de personas en muchas partes del mundo, hemos sentido tu muerte como algo nuestro. ¡Qué enorme hueco dejas! En tus pacientes, en los esposos de tus pacientes, desde luego en Frauke, tu mujer, en sus cuatro hijos, ocho nietos y en su bisnieto.

Coincidimos con tu familia: el principal rasgo de tu carácter era tener un alma de niño. Llevabas a la vida y a la práctica ginecológica esa advertencia poderosa de Jesucristo: si no se hacen como niños no tendrán lugar en el Reino de los cielos. De ahí te venía tu caridad. ¿Cuántas consultas diste sin cobrar?; ¿a cuántos médicos enseñaste?, ¿a cuántos maridos diste casi una terapia psicológica? También tu ánimo guasón, por el que cada 1 de noviembre te disfrazabas y salías a la puerta de tu casa el Día de Muertos, asustando primero y acogiendo después a los pequeños que iban a pedir su “calaverita”.

Extraña mezcla: médico calificado, hombre de familia, católico sencillo, de esos católicos que escasean y que hacen de lo ordinario algo extraordinario. Contigo se mueren un poquito dos cosas muy importantes: un rasgo del Querétaro profundo, arraigado en su terruño, y la relación humana entre médico y paciente; esa relación esencial para sanar al cuerpo que se está destruyendo por el imperio de la codicia.

Tu generosidad se pinta de cuerpo entero por aquella anécdota que nos relató tu hija Mónica, cuando en Playa del Carmen una pareja de italianos –tras una hora de servirles– dejó 20 centavos de euro (unos 5 pesos) como “propina”. Sin decir nada te pusiste de pie y depositaste 200 pesos arriba de la mezquina respuesta de comensales que ni conocías ni te conocieron. San Juan XXIII pide en su Decálogo de la Serenidad hacer una obra buena cada día, sin que nadie lo sepa. Estoy convencido que tú volviste esa petición un hábito cotidiano de exquisita humildad.

Viviste la infancia espiritual de Santa Teresita de Lisieux, abandonado a la Providencia divina, cumpliendo con tu deber. Eras muy joven, pero Dios te quiso para Él pues ya estabas preparado. Tu primer nombre era José. ¡Vaya combinación! José y Francisco. El varón justo y el poverello de Asís. Fuiste espejo de los dos a la medida de nuestro tiempo.

Otra gracia grande –que muestra una especial predilección de Dios– es haberte llamado en el jubileo de misericordia (regalo del Papa Francisco) dedicado a uno de tus dos santos patronos: el maravilloso San José. En tu Misa de depósito de cenizas, el padre Prisciliano Hernández mencionó a tus familiares y seres queridos que te acompañaban, la posibilidad de ganar para ti la indulgencia plenaria propia de este año. Seguros estamos, Paco, que con tanto cariño que te arropaba en la Misa ya gozas de la visión beatífica.

Nunca odiaste a nadie, guardaste, celosamente, el secreto profesional. Tus anécdotas eran hilarantes, pero no comprometían la identidad de tus pacientes. Se volvieron tus amigas, cuando no tus fervientes admiradoras. El máximo resumen de tu vida lo dijo Maité apenas saber de tu paso a la Casa del Padre: “Murió como vivió: santamente”. Con esa santidad de los habitantes “del departamento de al lado” que tanto necesitamos reconocer para que la esperanza no muera aplastada por la vulgaridad, el desenfreno y la ceguera de los valores que nos inunda por todos lados.

Mil gracias por todo, Paco. Recibe un abrazo en nombre de todos los que te quisimos. De verdad, un fuerte abrazo.

Maité y Jaime

TEMA DE LA SEMANA: “AL CORAZÓN NO LE HABLA SINO OTRO CORAZÓN”

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 14 de febrero de 2021 No. 1336