Una vida que mientras se tenga debemos defender y atesorar, cuando el Señor nos llama, la muerte es la señal del encuentro con la vida eterna.

Por Mary Velázquez Dorantes

Hoy, quizás más que nunca estamos viviendo un tiempo de cara a la muerte y al duelo, por la partida de nuestros seres queridos. Estamos frente a una retrospectiva donde la humanidad vive el dolor por la partida de familiares, amigos, vecinos, y tales circunstancias han cambiado la forma de despedirnos de los nuestros. También el escenario nos ha sacudido porque nuestros rituales de adiós se han modificado extremadamente.

Pero qué existe en la muerte que nos pueda acercar a la vida, qué hay en la pérdida de los nuestros, cuál es la misión de quienes aún nos quedamos en la tierra. La muerte es la señal de la vida, una vida que mientras se tenga aquí debemos defender y atesorar tremendamente, y cuando el Señor nos haya llamado, la muerte es la señal del encuentro con la vida eterna.

Quizás no estemos acostumbrados al dolor y a la ausencia, y el corazón nos duela hasta sentir que nuestras fuerzas desfallecen, no obstante, la muerte es la esperanza para una vida. El dolor y la aflicción estará presente, pero con la esperanza puesta en Dios, creador nuestro, y consolador de la humanidad.

SIN RECETAS MÁGICAS PARA ENFRENTAR LA MUERTE

Nadie, absolutamente nadie, tiene una fórmula mágica para enfrentar la muerte, la intensidad del duelo depende de cada corazón humano; la pérdida de un ser se puede manifestar por muchas vías, sin embargo, la fe en la resurrección es el llamado constante de todo cristiano.

El cariño por los nuestrosestá vivo, la muerte es unaespada que imprime un gran dolor a esos afectos, pero si nos posamos en la mirada de Dios, entenderíamos que la vida y la muerte son dos realidades que nos conducen a Él.

El hombre no quiere irse de ese mundo, pero cuando el llamado llega la muerte es únicamente la señal de una vida con Dios, una señal que sustenta nuestro paso por el mundo, pero también nuestra llegada al principio de todo. Morimos para vivir, y quizás nos parezca complejo y contradictorio, pero más allá de los pasos a seguir sobre cómo enfrentar la muerte, tenemos que seguir los pasos para vivir la vida eterna.

BUSCAR LA VIDA ETERNA

Nos preparamos casi toda nuestra existencia para vivir aquí en la Tierra, cuando en realidad el llamado esencial es prepararnos para buscar vivir la vida eterna. Lo más cierto en nuestra realidad es la muerte, el hombre no puede predecir ningún suceso del futuro, porque el futuro no le pertenece, sin embargo, lo único que llega con claridad en nuestro conocimiento es que todos moriremos algún día.

La muerte aún con dolor es una realidad de cara a la vida, es la escalera para llegar con nuestro Creador y es el motivo más pleno que todo creyente debe tener. La vida y la muerte son dos cosas que nos unen a Dios. Es un encuentro lleno de preguntas humanas, de angustia e inseguridad, pero también es la convicción de saber que ahora volvemos a Dios.

LA VIDA COMO DON

Cada día la muerte nos toma por sorpresa, nos vemos vulnerables frente a ella, porque no sabemos el día ni la hora, pero ante ello, tenemos que aprender que gracias a la muerte debemos valorar la vida, la vida como don, como misión, como oportunidad.

La vida como una puerta donde tenemos que aprender a ser de Dios, para que cuando el llamado llegue no tengamos miedo, porque la muerte sólo es el paso del tiempo, mientras que la vida es la intensidad de ese tiempo, donde el cristiano entiende que la muerte solo es un bello paso a la vida.

Quizás todos estemos enfrentándonos a la muerte, el escenario parece haberse configurado para que cada uno sea testigo de su presencia, pero lo más importante del proceso donde la muerte se hace presente es comprender que Dios es el único que posee la plenitud de la vida, y que el llamado es para continuar nuestra vida ahora con Él.

El morir humano nos traspasa, pero el vivir eterno es consolador y amoroso, se trata de una actitud valiente, donde nos doblegamos ante la compasión y misericordia de Dios.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 7 de febrero de 2021 No. 1335