Por P. Fernando Pascual

En la larga historia de la Iglesia se han producido diversos cismas y herejías que han separado a millones de bautizados de su unión íntima con el Cuerpo de Cristo.

Hay cisma, según el “Código de Derecho Canónico”, cuando un bautizado llega al “rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos”. Hay herejía cuando se produce una “negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma” (cf. canon 751).

La lista de herejías es larga, quizá incompleta para algunos casos menos conocidos. Entre las más famosas, podemos recordar el gnosticismo, el nestorianismo, el arrianismo, el pelagianismo, el docetismo, el monofisismo, el catarismo, el luteranismo.

En cuanto a los cismas, entre otros, podemos mencionar el Cisma de Oriente (que llevó a la separación de los ortodoxos respecto del Papa de Roma), el Cisma de Occidente (cuando llegaron a haber hasta tres papas, en el siglo XIV), el cisma de la Iglesia sometida al Estado durante la Revolución francesa (siglo XVIII), el cisma de los veterocatólicos iniciado en el siglo XIX (aunque puede también ser visto como herejía en algunos de sus aspectos).

No es fácil comprender por qué un bautizado decide separarse de la Iglesia católica. Habrá quien lo haga cuando su modo de vivir está en contra de lo que piden y enseñan el Papa y los obispos. Otros lo hacen por ideas: llegan a un punto en el que rechazan contenidos concretos de la fe.

En cambio, es más fácil explicar el camino que permite conservar nuestra unión con Cristo y con su Iglesia: el estudio y la vivencia de la fe, la cercanía y escucha de lo que enseñan el Papa y los obispos unidos entre sí y con el Papa, la celebración frecuente de los sacramentos (de modo central, de la Eucaristía en los domingos y fiestas de guardar).

El “Catecismo de la Iglesia Católica” ofrece estas reflexiones para promover y vivir la unidad católica, y para que sea posible recuperarla si alguien se ha alejado de la fe.

“Cristo da permanentemente a su Iglesia el don de la unidad, pero la Iglesia debe orar y trabajar siempre para mantener, reforzar y perfeccionar la unidad que Cristo quiere para ella. Por eso Cristo mismo rogó en la hora de su Pasión, y no cesa de rogar al Padre por la unidad de sus discípulos […] El deseo de volver a encontrar la unidad de todos los cristianos es un don de Cristo y un llamamiento del Espíritu Santo (cf. Unitatis Redintegratio, n. 1)” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 820).

El número siguiente del Catecismo (n. 821) enumera diversas pistas para recuperar la unidad perdida. En el fondo, se trata de superar los peligros y los errores que nos separan, y de trabajar seriamente por la unidad, según la misma petición de Cristo.

No podemos negar que también hoy existe el peligro de cismas y de herejías. Pero si cada uno pone lo mejor de sí mismo por vivir como hijo de la Iglesia, y si tenemos una actitud de humildad y de apertura a la verdad que nos viene de Dios y nos enseñan quienes han recibido el orden episcopal y sacerdotal, será posible superar esos peligros y así vivir como un solo rebaño bajo un único pastor (cf. Jn 10,16).

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