Por Jaime Septién

Que los padres de la Iglesia no pintan mucho en nuestros días, no es novedad. De hecho, según el pensamiento débil que nos atenaza, el mundo comenzó antier. El jovenismo de la cultura contemporánea hace ver a los precursores del cristianismo como reliquias dignas de ser analizadas por los estudiosos de la arqueología.

Primero son los autores del Nuevo Testamento; después, en los siglos II y III aparecen los primeros teólogos y pensadores griegos y latinos que empujan la nueva doctrina por encima de las persecuciones y el martirio. Pero a partir del nacimiento de San Atanasio (328), se produce una explosión de lo que Ludwig Hertling llama “la primera auténtica floración de la literatura cristiana”. Además de San Atanasio, San Juan Crisóstomo, en la literatura griega, resaltan San Ambrosio, San Jerónimo y San Agustín, en la literatura latina.

“Los grandes padres de la Iglesia y el mayor de entre ellos, San Agustín, no son solo un final, un ocaso, un último eco de la milenaria cultura griega. Son más bien un comienzo, puesto que crearon una nueva cultura, o mejor dicho, transformaron orgánicamente la milenaria cultura clásica en cultura cristiana”, dice Hertling. Esa cultura es el origen de la civilización del amor que por olvido e ignorancia, hemos hecho a un lado. Un grandísimo error. Volver a ellos es volver al esplendor del cristianismo recién salido del horno.

TEMA DE LA SEMANA: “VOLVER A LOS PADRES DE LA IGLESIA PARA SALVAR LA CULTURA”

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 27 de junio de 2021 No. 1355