Por Jaime Septién

Hablar de pureza en el mundo pansexualizado en que vivimos es como hablarle a un adulto en chino mandarín. No, no tenemos los receptores listos para recibir ese mensaje. Años de exposición a los medios, hoy a Internet, nos han vuelto buscadores perennes del objeto. Convertir al otro en un objeto es un pecado. “Un pecadillo” diríamos, para salvar el pellejo a la hora del confesionario. En el mejor de los casos. Normalmente ni siquiera lo confesamos.

Los pretextos son millones. “Así es el mundo de hoy”, respondemos. “Todos lo hacen, ¿por qué yo no?”. Ligamos pureza de mirada con monasterio. O con el seminario, pero no con la vida cotidiana. Es un drama que, cuando se conoce con el corazón, obliga a la renuncia. ¡Ay, pero cómo nos cuesta renunciar, así sea a lo mínimo! El famoso “carpe diem” –que tiene sentido cristiano en el Evangelio: “cada día tiene su propio afán”—nos atenaza. “Mañana seré mejor; mañana bajaré los ojos; mañana respetaré mi cuerpo”, etcétera.

No, no hay “mañana”. Mi amigo, el panameño Claudio de Castro, decía en alguno de sus libros: al caminar por la ciudad: los ojos en el suelo, el corazón en el cielo y la mano en el bolsillo (con el Rosario). Es una bella metáfora de “a Dios rogando y con el mazo dando”. Pero el mazo (el sacrificio) es lo que se nos fue.

TEMA DE LA SEMANA: “LA PUREZA EN NUESTROS DÍAS TIENE MUY POCA Y MUY MALA PRENSA”

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 4 de julio de 2021 No. 1356