Por Angelo De Simone

Una de las mayores crisis que nos ha tocado afrontar como cristianos es la de la pandemia y las consecuencias que ha ido arrojando para cada uno de nosotros. En estos tiempos, la famosa frase que dirige Dios a Caín: “¿Dónde está tu hermano?” impacta sobre cada uno de nuestros corazones cuando somos indiferentes ante la miseria del otro. Muchas veces, en medio del egoísmo y la soberbia podemos hacer resonar la respuesta de Caín a Dios “¿acaso soy yo guardián de mi hermano?” negándole la mano a un semejante por su condición social, creencia, tendencia política, entre otros.

Hoy, en medio de esta ceguera espiritual, donde la desigualdad social nos crea cataratas de división, se hace cada vez más necesaria la consulta oftalmológica de la fe, donde un colirio dilate las pupilas de nuestros ojos para descubrir el “plus” de realidad que “está al otro lado” y nos permita reconocerlo en medio de la enfermedad. Esta es la receta espiritual otorgada por Jesús ante la pandemia de la desigualdad: La educación de la mirada. Efectivamente cuando nos dilatan la pupila, podemos tener la percepción de ver bastante distorsionadas las cosas y vernos encandilados por la luz, pero esa sensación abrumadora, ¿muchas veces no la ocasiona también el palpar la realidad del mundo? ¿Acaso la solución no será confrontar esa miseria para luego tener un diagnóstico más preciso de nuestra visión en el espíritu?

Hoy, nuestro mundo, abatido por la soberbia humana, reclama la educación de la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron. Se trata de educar una mirada que devele la mentira de la realidad y nos ayude a que el tránsito por los escenarios humanos se haga con los ojos abiertos, ofreciendo una nueva fuente de conocimiento que brota de la indignación conmocionada por tanto sufrimiento inocente e injusto que nos hiere.

Esta desigualdad e indiferencia social, no solo está cegando a nuestros hermanos espiritualmente, sino que ha repercutido perjudicialmente en nuestra relación con la casa común. La indiferencia del hombre ha llegado al punto de ocasionar la pérdida del sentido de pertenencia de aquel lugar creado por Dios para alcanzar el fin último del hombre: dar gloria a aquel que nos ha amado primero.

Lamentablemente, no hemos descubierto que, en esa creación, podemos palpar de manera importante el amor que Dios ha tenido para con nosotros, sintiendo cada caricia en una brisa de verano, o una lluvia que limpia nuestra cara, tantas manifestaciones de su amor que solo lograremos descubrir si sentimos y gustamos las cosas en Él.

Por ello es importante reflexionar y poner en práctica estas 3 claves para educar la mirada y combatir esta enfermedad social que tanto daño le ha hecho al mundo:

 Contempla la realidad y transfórmala:

Interpela cuantas veces sea necesario la realidad, buscando hacer nuevas todas las cosas en Cristo, incluyendo, la meritoria tarea de cuidar nuestra casa común. Es importante que pongas en práctica esta oración ignaciana antes de empezar el día: “Señor, que todos mis deseos, pensamientos y sentimientos, estén orientados a encontrarme contigo” porque es así, como podrás sentir y gustar las maravillas de Dios en cada uno de los regalos que Él te otorga a partir de su creación.

 Contempla la creación y presérvala:

Descubre la presencia de Dios en la creación contemplando cada detalle de la misma, orando con cada sonido y sensación experimentada. Disponte a comunicar tu experiencia para que muchos otros puedan reconocer que nuestra casa común es como una hermana, con la cual compartimos la existencia y la gracia del amor de Dios.

 Contempla y déjate contemplar por el otro:

Muchos santos han puesto en práctica esta educación de la mirada, porque con tan solo contemplar al otro, reconociendo en ellos la presencia de Dios, han experimentado una auténtica revolución epistemológica que les invita a la acción dentro de la contemplación. Da los buenos días, pide disculpas cuando te equivoques, agradece las buenas acciones, envía un mensaje a alguien que se encuentra solo. Estas pequeñas acciones, nos ayudan a caminar en unión al otro, porque este último nos singulariza cuando nos da la responsabilidad de socorrerle, arrancándonos del individualismo que muchas veces nos ciega y nos aleja de Dios.

Que este virus social, de la indiferencia y la desigualdad, sea erradicado por la inmunidad de rebaño que nos dio Jesús con su muerte y resurrección, a través de la vacuna por excelencia de la gracia: el amor a Dios desde el amor al prójimo y a la casa común.

TEMA DE LA SEMANA: LO QUE SÍ PODEMOS HACER PARA CUIDAR A LOS OTROS Y AL MUNDO

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 22 de agosto de 2021 No. 1363