Hay quienes creen que María es “una pecadora como todos”; otros, que ciertamente no nació santa, pero que sí se santificó a lo largo de su vida. En todo caso, que nació con el pecado original.

La Biblia, en cambio, enseña algo distinto: que María estuvo desde el principio libre de pecado; dijo Dios a Satanás:

“Pondré enemistad entre ti y la Mujer, entre tu linaje y el suyo” (Génesis 3, 15). La Mujer es María, y para poder estar enemistada con el diablo debía no tener pecado, incluido el pecado original.

Y esto es una realidad históricamente previa a la Encarnación, Pasión y Resurrección de Cristo: en Lucas 1, 28, el arcángel Gabriel no le dijo “Alégrate, María”, sino “Alégrate, Llena de gracia” (Lucas 1, 28), usando entonces el “Llena de gracia” como nombre propio.

En el texto original, que está en griego, se escribe Ke-Jarito-Mene, donde Jarito significa “gracia”; Ke es un prefijo que indica que la palabra está en tiempo perfecto; y Mene lo convierte en un participio pasivo. Pasivo significa que la acción es realizada en el sujeto (en este caso en María) por otro (en este caso por Dios).

Así, pues, san Gabriel no está diciendo que María está llena de gracia en ese momento, sino que es un estado permanente que la identifica y del cual sólo Dios es el autor. Esto es posible porque María, desde su concepción, está libre de todo pecado, incluido el pecado original, por una intervención especial de Dios en atención a su Maternidad Divina, es decir, que fue redimida anticipadamente por el mismo sacrificio de Cristo en la Cruz, porque el Señor y su obra no están sometidos al tiempo: “Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y siempre” (Hebreos 18, 8).

En eso consiste el dogma de la Inmaculada Concepción, que fue promulgado por Pío IX el 8 de diciembre de 1854 a través de la bula Ineffabilis Deus; pero mucho antes, arrancando desde la Iglesia primitiva, había numerosos escritos, oraciones, poemas, cantos y declaraciones conciliares que daban testimonio muy claro y abierto de esta verdad divinamente revelada.

La declaración del dogma define que “la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción, por singular privilegio y gracia de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano”. En otras palabras, que sí nació santa.

TEMA DE LA SEMANA: SANTO DOMINGO: MARÍA, LA HUMILDAD EN EL CORAZÓN DEL DOGMA

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 15 de agosto de 2021 No. 1362