Por Jaime Septién

Blaise Pascal (1623-1662) fue un matemático, físico, filósofo, teólogo católico y apologeta francés que tuvo una gran cantidad de aportaciones al mundo de la ciencia y del pensamiento. Su conversión, ocurrida la noche del 23 de noviembre de 1654 (en la que escribe el famoso “Memorial” con las palabras “Alegría, alegría, alegría, lágrimas de alegría”, «certeza, alegría, paz…”, que tras su muerte lo encuentran cosido al dobladillo de su vestido) lo lleva al corazón de la Biblia. Y en el centro de la Palabra de Dios encuentra, como no podría ser de otra forma, a Jesucristo.

En uno de sus pensamientos, escrito en forma poética, nos da la clave de lectura, de asimilación, de contexto y de misión para el encuentro de este que pasa por ser el libro más difundido en toda la historia de la humanidad (traducido a 469 lenguas): “Jesucristo, / al que los dos Testamentos miran, / el Antiguo como su espera, / el Nuevo como su modelo, / los dos como su centro”. Entender el Antiguo Testamento desde la espera de Jesús; el Nuevo como el paso de la respiración de Dios y los dos en la importancia del Verbo encarnado, honrar lo sagrado sin cometer el error de ponerlo aparte de la vida cotidiana.

Hay que dejar atrás las “diferencias” de los dos testamentos. Mirarlos como un todo que nos acerca al corazón de Jesús y, al mismo tiempo, nos adhiere a la vida comunitaria de la Iglesia. El Antiguo es la historia de un pueblo, el pueblo elegido por Dios para que de él nazca el Redentor. Es mucho más arduo; requiere una larga iniciación, Y el Nuevo en muchas de sus partes se aclara por sí mismo, pero hunde sus raíces en el Antiguo. Finalmente, el Nuevo Testamento, “es el retrato de un ser que, llegado de la eternidad y sin dejarla, ha atravesado el tiempo” (Jean Guitton). Ese ser es el centro de todo.

TEMA DE LA SEMANA: LA CARTA DE DIOS PARA ENCONTRAR A SU HIJO

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 12 de septiembre de 2021 No. 1366