Por Jaime Septién

Para Maité, en su cumpleaños

 El Premio Nobel de Literatura 1959, el italiano Salvatore Quasimodo, tiene un poema de tres versos que capta la desesperación de muchos de nosotros: Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra /traspasado por un rayo de sol: / y enseguida anochece.

El hombre busca la solitaria luz que alumbra su existencia oscura. Y cuando cree tenerla, cuando ha llegado a sentirse por encima de la necesidad de Dios, de la necesidad del prójimo, se le viene una sombra sin sentido, la terrible oquedad de una vida atormentada por la ausencia, el miedo, la incertidumbre y el desprecio a la fe.

Como tantos de mis contemporáneos, yo he pasado por ese dilatado y espacioso túnel. Hijo del Siglo XX, ideologías de izquierda y espejismos inútiles de hedonismo carcomieron la enseñanza católica que una vez ardió como fuego. No soy el único de mi generación. Pero yo tuve una gracia, un regalo inmerecido (como todos) para desandar el sendero que conduce al abismo y a la nada: una mujer que me limpió, poco a poco, con oración y tenacidad, el alma. Y un obispo que pegó los escombros.

He vuelto -a empellones- a la fe de mis mayores. Pero he vuelto. ¿Cuántos se quedaron? No lo sé. Al hombre se le conoce por su final. Y ahora, iniciado el retorno, sé que no estoy solo en el corazón de la tierra. Y que la noche es el preludio de la verdadera alegría.

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