Cuando alguien muere, los que quedan en la Tierra no pueden saber con certeza cuál fue el destino de esa alma: Cielo, Purgatorio o Infierno. Aun los pecadores más empedernidos pueden arrepentirse en la última milésima de segundo, y entonces deberán purificarse en el Purgatorio; y aun los más grandes santos llegan a cometieron errores, de los cuales igualmente deberán purgarse antes de entrar en la gloria del Cielo.

Enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “Los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del Cielo” (n. 1030). “La Iglesia llama Purgatorio a esta purificación final de los elegidos, que es completamente distinta del castigo de los condenados” (n. 1031).

De ahí “la práctica de la oración por los difuntos, de la que ya habla la Escritura: ‘Por eso mandó [Judas Macabeo] hacer este sacrificio expiatorio en favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado’ (2 M 12, 46). Desde los primeros tiempos, la Iglesia ha honrado la memoria de los difuntos y ha ofrecido sufragios en su favor, en particular el sacrificio eucarístico, para que, una vez purificados, puedan llegar a la visión beatífica de Dios. La Iglesia también recomienda las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia en favor de los difuntos” (n. 1032).

TEMA DE LA SEMANA: LA MUERTE Y EL MÁS ALLÁ: PREGUNTAS CON RESPUESTA

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 21 de noviembre de 2021 No. 1376