Por Jaime Septién

Se ha repetido muchas veces que el mensaje de María de Guadalupe se resume en esas palabras consoladoras a Juan Diego cuando éste se encontraba atribulado por la enfermedad del tío Juan Bernardino: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?” Palabras bellísimas, pero que, sacadas del contexto relacional, eluden la responsabilidad de ser hijos.

Pongamos el caso de México: una nación “cien por ciento guadalupana” con un promedio de cien asesinatos dolosos por día (diez de ellos de mujeres, por su sola condición de mujeres). Una nación que tiene por madrecita a la virgencita de Guadalupe, pero que se conforma con el “¿qué tanto es tantito?” de la corrupción.

Cuando la Virgen le dice a Juan Diego que ella es su madre, se lo dice como argumento para que le lleve su mensaje al obispo Zumárraga y le construyan una casita de oración. ¿Y qué pasa con Juan Diego? Dos cosas: confía en ella (“Tu tío ya sanó”) y la obedece. Asume, pues, su condición de hijo, que es lo que muchos “guadalupanos” olvidamos.

La consecuencia del “¿no estoy yo aquí que soy tu madre?” debe ser la obediencia. Ella quiere “salud” para su pueblo. Quiere que vivamos unidos. Que nos respetemos, que seamos hijos de su Hijo. Y la mayor parte de los “guadalupanos” ni por asomo nos damos cuenta de ello. Ah, pero eso sí, “sus mañanitas” no le faltarán cada 12 de diciembre.

TEMA DE LA SEMANA: SANTA MARÍA DE GUADALUPE A LA LUZ DE LA HISTORIA

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 12 de diciembre de 2021 No. 1379