Si bien la civilización occidental cristiana es la más asombrosa y fructífera de toda la historia, la mayoría de las personas que hoy viven en Occidente —católicos incluidos— desconocen los múltiples tesoros que de ella heredó.

Más bien en las escuelas y universidades se les ha “educado” en condenar dicha civilización.

Sin embargo, es a la civilización cristiana occidental a la que se le debe la ciencia moderna, la educación pública, las universidades, las instituciones de beneficencia, la noción de los derechos humanos, el derecho internacional, la economía moderna, el máximo esplendor del arte en todas sus manifestaciones, etc. Y todo esto se desarrolló gracias a la Iglesia católica.

Pero los prejuicios en contra de los mil años de la Edad Media y su supuesto “oscurantismo” siguen siendo esgrimidos por los enemigos de la Iglesia, asegurando que en dicha época “se despreció todo cuanto era bueno y verdadero y se ignoraron todas las ramas del conocimiento humano en nombre de Jesucristo” (Christopher Knight y Robert Lomas en su libro El segundo Mesías).

En cambio, los verdaderos historiadores, sean creyentes o ateos, reconocen por igual el asombroso alcance que tuvo en la Edad Media el debate racional, la investigación intelectual y el intercambio académico, todo ello patrocinado por la Iglesia, lo que proporcionó el marco necesario para la revolución científica.

Escribe Thomas E. Woods, en su libro Cómo la Iglesia construyó la civilización occidental, que:

“Es difícil señalar una sola empresa significativa para el progreso de la civilización a lo largo de la Edad Media en la que la intervención de los monjes no fuera decisiva”.

La primera gran tarea civilizadora fue a través de la evangelización de los bárbaros de Europa.

Más tarde, desde la influencia de la Iglesia, Carlomagno, “padre de Europa”, dio un enorme impulso a las artes y a la educación: astronomía, música, aritmética, geometría, lógica, gramática y retórica, además de la introducción de las letras minúsculas, que fueron clave en la alfabetización occidental; fundó escuelas en los monasterios y palacios, donde gran cantidad de clérigos enseñaban a la gente a leer.

A la muerte de Carlomagno en el siglo IX, la Iglesia tomó la iniciativa de preservar y difundir todo el conocimiento que se había generado hasta ese momento, promoviendo aún más la expansión de la educación.

En palabras del historiador ateo Benedetto Croce: “El cristianismo fue la mayor revolución que la humanidad haya logrado: tan grande, tan completa y profunda, tan fructífera en sus consecuencias (…). Todas las otras revoluciones, todos los descubrimientos principales que marcan épocas en la historia humana, no resisten su comparación, pareciendo con respecto al cristianismo, particulares y limitadas”.

TEMA DE LA SEMANA: «CÓMO LA IGLESIA CONSTRUYÓ NUESTRA CIVILIZACIÓN»

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 31 de julio de 2022 No. 1412

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