Por Arturo Zárate Ruiz

El “me da igual”, el “me es indiferente”, suele servir de excusa, a algunas personas, para no comprometerse a abrazar una postura, especialmente una religiosa. Salen con eso de que todas las creencias son iguales, como si adorar a Huitzilopochtli o a Satanás fuera lo mismo que adorar a Jesús.

Sucede que, aun creyendo esto a pie juntillas, se adopta una postura: el “me da igual” no es lo mismo que el “no hay diferencias”. Esa postura, quede claro, es en sí diferente a otras. Sin entrar aun en lo religioso, me acuerdo de una decisión del presidente Reagan en Estados Unidos, de cancelar (hace décadas) el apoyo a la radio pública. Dijo que destinar fondos públicos para ellas quitaría al gobierno su neutralidad financiera en las transmisiones. Pero cualesquiera que hayan sido las ideas allí expresadas, el decidir no invertir en su transmisión ya era una postura: el decidir no difundir ninguna. Algo próximo al más radical laicismo del Estado mexicano. En breve, la neutralidad no es después de todo neutralidad. Es suponer erróneamente que, no abrazar en lo más mínimo alguna de las posturas propuestas, es lo mismo que no abrazar ninguna postura. En este caso, lo es el tener la postura de no apoyar ninguna de ésas por el momento. He allí que Dios vomita a los tibios.

Y he allí los agnósticos. Dicen no abrazar ninguna religión por su incapacidad, según afirman, de conocer la verdadera. Pero decirlo así es una postura: sostienen que el ser humano no puede conocer lo divino, lo absoluto, ni otras cuestiones trascendentales, que no es lo mismo que sostener que sí se puede.

De hecho, los ateos sí toman dicha postura. Niegan rotundamente lo divino, lo absoluto, lo trascendental. Lo que no les quita lo cabeza dura. Es cierto que por fe los cristianos creemos que Jesús es Dios. Pero cualquier hombre con el mero uso de la razón puede cerciorarse —entre otras razones por la contingencia de las criaturas— que existe un Creador todopoderoso y eterno. Además, hay más documentos históricos fiables sobre Jesús que sobre Augusto, el emperador romano de su tiempo, y no hay doctrina religiosa más sublime que la católica.

Ahora bien, hay quienes, en lo que respecta a la religión, tienen corazón de condominio. El “me da igual” no es para evitar comprometerse con alguna creencia. Dicen que pueden comprometerse con todas y ser sus mejores practicantes. Es como si Plurelio pudiese amar apasionadamente a Juana, pero al mismo tiempo y manera a Ana. Pobrecillo si lo atrapan en su dual delirio: lo pondrán ellas merecidamente como el perro al perico. No se puede así ser a la vez católico y protestante. Si lo pescan quienes él llama “hermanos” muy ferviente en otro templo, mínimo lo mirarán con extrañeza. En cualesquier casos, ante Jesús eucaristía, quien pretenda ser lo uno y lo otro, lo negaría y lo adoraría a Él rotundamente, un sinsentido que no sería del mejor agrado para el buen Amigo.

El indiferentismo en especial lo presumen quienes afirman que basta ser bueno, que no hay necesidad de practicar religión ninguna. Por supuesto, esa ya es una postura, por tanto, no puede considerarse como algo indiferente. Además, sin un Dios Legislador que establezca las reglas, ¿qué es objetivamente lo bueno? Cada quien se creería, según su imaginación, el mejor hombre del mundo. Si se niega al Señor, cada quien se elige a sí mismo como legislador, aun el maltratador de muchachas. Eso sí sería muy diferente.

Se puede agregar que el indiferentismo es propio de los necios, es decir, los tontos por voluntad propia. Se niegan a distinguir lo diferente, salvo cuando se les paga a ellos un peso cuando se les deben diez.

Hoy se estima mucho el avance de las ciencias. ¿Pero en qué consiste este avance? Consiste en el conocimiento, en saber distinguir un resfriado de un cáncer, o, más te vale, a tu esposa de tu vecina. En teología lo es el saber distinguir que sólo el Dios cristiano ama, pues se hizo cercano a nosotros, se hizo uno de nosotros, para insertarnos en su divinidad.

En fin, con el indiferentismo se incurre, en cierto modo, en la blasfemia. El primer acto de Dios registrado en las Escrituras fue su «Fiat Lux». Hizo la luz para poder distinguir las cosas, sobre todo para que distingamos el bien del mal. La Verdad nos hace libres.

 
Imagen de Victoria en Pixabay


 

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