Por Leo García-Ayala |

Durante el verano, las diócesis y los institutos religiosos organizan los llamados “preseminarios” o “pre-vida religiosa”. Una experiencia que ponen a disposición de los jóvenes que siente que Dios puede estar llamándolos para madurar esas “señales”.

El preseminario es un tiempo de Dios, porque Dios llama a quien Él quiere y lo llama para que esté con Él y para enviarlo a predicar. Dios es quien toma la iniciativa, y el hombre en su generosidad atiende al llamado, aún anteponiendo los planes de Dios a los propios, y Dios lo envía a trabajar a su mies.

Dios llama a personas concretas, para realizar una misión determinada, claro, siempre en beneficio de su pueblo. Dios habla y llama a través de las necesidades y acontecimientos; toda vocación es la respuesta a la necesidad de una comunidad.

Por eso, un objetivo primordial del preseminario es ayudar a esclarecer las inquietudes que manifiestan los adolescentes y jóvenes por la vida sacerdotal y consagrada (misionera, religiosa).

Discernimiento y apropiación de la vocación

La vocación desde el ángulo de la fe, es dejarse llamar a la vida en plenitud por el mismo Dios conforme a un proyecto realizado por Cristo y manifestado en la Iglesia. El preseminario convoca a quienes creen que sienten este llamado al servicio a sus semejantes.

Para ello se ofrecen herramientas, elementos de ayuda para el crecimiento humano-cristiano que despierta en los preseminarios las bases para ingresar o no específicamente a la vida consagrada; por otra parte, es una oportunidad para que los muchachos compartan inquietudes, sueños, ideales iniciándose así en las líneas de la amistad; o bien, venzan los miedos que tienen a dar una respuesta generosa a Dios.

Esta experiencia es un momento importante de la vida en el desarrollo específico de una vocación, encaminada al ya citado servicio y glorificación de Dios y, a su vez, la realización y crecimiento personal.

No es en sí el discernimiento propiamente dicho, sino el inicio de éste; discernimiento que no será sólo personal (aunque sí el aspecto más importante), sino eclesial, ya que se está inmerso en la misma realidad de la Iglesia y se requiere el apoyo de los mismos miembros de ésta.

El Preseminario es la puerta de este proceso de toma de conciencia-discernimiento-apropiación de la propia vocación. Ayuda al joven a dar una respuesta libre, consciente y alegre para seguir a Cristo e imitar su estilo de vida.

No está por demás decir que este discernimiento se debe vivir desde la familia y la parroquia mediante un apostolado; quiere decir que la vocación se debe reforzar desde la familia y se debe aplicar en un apostolado dentro de su comunidad parroquial. Por tanto, juega un papel muy importante la familia del candidato y su párroco que lo acompañe.

Seminarista, ¿por qué no?

Propiamente dicho, el preseminario se vive como una experiencia de una semana. La etapa se vive en una profunda espiritualidad en donde el candidato, desde el silencio de su corazón, pueda escuchar la voluntad de Dios para su vida. Se refuerza con las Sagradas Escrituras y sus reflexiones, así como con deporte, y lo que lo hace muy enriquecedor es la convivencia que se tiene con sacerdotes, seminaristas y entre los mismos participantes.

Durante el preseminario se viven momentos muy fuertes que ayudan al candidato al sacerdocio a discernir mediante el acompañamiento y la meditación, ayudándonos de reflexiones en la vida sacerdotal, asesorías, entrevistas y una profundización humano-espiritual muy intensa, puesto que la decisión que están por tomar cambiará el rumbo de su vida y marcará hondamente su existencia.

En estos días los promotores vocacionales exhortan a los jóvenes que tienen una inquietud vocacional a que no tengan miedo de descubrir qué es lo que quiere Dios de su vida y que se dejen orientar para darle una respuesta generosa a Dios. Lo mejor será acudir a la parroquia más cercana,  al centro diocesano de pastoral vocacional o al mismo seminario para tener más informes.