Por Leo García-Ayala |

Fastidiado por el ajetreo de toda la semana, que había incluido exámenes, entrega de trabajos escritos y muchas horas de estudio, decidí buscar un lugar para «alejarme del mundanal ruido», como dicen los clásicos.

Por desgracia no encontré un espacio adecuado en la ciudad; sin embargo, tuve un encuentro por demás provechoso con un sacerdote carmelita que me ayudó a entender esa necesidad que todos tenemos de experimentar el silencio y, gracias a él, encontrarnos con Dios.

A solas con quien sabemos nos ama

El padre René, así se llama este amable fraile carmelita, me dijo que si bien la Orden del Carmelo «está llamada a expresar en la Iglesia la intimidad con Dios, la vida contemplativa no es una exclusividad de la orden», y que todos los cristianos, no importa la edad, podemos experimentarla si de verdad queremos.

Cuando vio mi cara de desconcierto ante la expresión «vida contemplativa», me explicó que se trata de un «grado de intimidad con Dios a partir de la oración, pero la oración cada vez más vacía de palabras y más llena de presencia silenciosa de parte del orante».

Me platicó de tres grandes santos con los cuales se identi? ca la vida de los y las carmelitas: Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz y, con especial atención, otra Teresa, «la chica», dice, a la que conocemos comúnmente como Santa Teresita del Niño Jesús.

De ellos me dijo que son grandes luminarias de la Iglesia y que «nos hablan de la intimidad con Dios». El itinerario espiritual que los va llevando es la convicción de que «la vida espiritual es para todo mundo, que estamos llamados a la contemplación; aunque eso no quiere decir que todos lleguemos hacia allá, hasta el culmen de una vida contemplativa, que, por cierto, no consiste en visiones, revelaciones u otras cosas así».

«Teresa, la grande, al hablarnos de Cristo se fija en su sacratísima humanidad; ella es muy humana, por eso nos habla de la oración muy humanamente, la describe como: estar a solas muchas veces con quien sabemos nos ama».

«Una premisa importante en la vida contemplativa que estos santos nos recuerdan es que debemos sabernos invadidos interiormente por la presencia divina, Dios Trino y Uno viviendo en nosotros, en cada uno», me dijo animadamente.

Hacernos las preguntas fundamentales

Yo le expresé que para muchos jóvenes esto que me cuenta de la vida de oración contemplativa y la experiencia interior de Dios no resulta muy atractivo. A lo que me respondió que la mayor dificultad está en que a veces no nos hacemos las preguntas fundamentales: ¿cómo recuperarme para actuar frente a la problemática de mi familia, de mis relaciones, de mi estudio, de mi trabajo?

«El que desee recuperarse de ese sinsentido, porque se siente arrastrado por la problemática que vive, necesita poner un poco de atención: ¿Por qué estoy vacío? ¿Por qué me siento así? ¿Realmente estoy vacío? ¿Dónde está Dios? De? nitivamente lo vamos a encontrar en lo más íntimo de nuestro propio interior», me dijo.