En la apariencia de un mundo hiperconectado, de contenidos vitales, donde todo parece ser visto, existe un nuevo fenómeno para los seres humanos: la invisibilidad. En cientos de historias de ficción se proponía el súper poder de ser invisible; hoy, en el siglo XXI, parece haberse cumplido. No se necesita de sustancias mágicas, tampoco de un suceso sobrenatural, lo único que se requiere para ello es un clic

Por Mary Velázquez Dorantes / Twitter: @mary_dts

Las conexiones sobrepasan el tiempo y los espacios; sin embargo, el ser humano, aun con sus conexiones, está siendo sustituido por la tecnología. Un pequeño botón puede lograr que desaparezca en su hogar, trabajo, relaciones sociales, viajes, momentos sociales o incluso políticos.

Todo aquello que vino a reconfigurar al mundo está logrando al mismo tiempo la desaparición de la esencia humana, la desvalorización de los momentos cotidianos, la falta de comunicación y la omisión de la presencia física. Detrás de las conexiones y las llamadas redes sociales existe un mundo de personas solitarias.

Al mismo tiempo, temas como la hambruna, la desnutrición, la pobreza, y la violación de los derechos humanos existen en las pantallas, con testigos oculares, pero sin posibilidades de acción. Observamos el mundo a través de las redes sociales, usamos la tecnología para indicar dónde o con quién estamos, pero no hacemos mucho por contribuir a través de ella a un mundo mejor. Nos conectamos en las redes y nos apagamos en la humanidad.

UN COLAPSO MUNDIAL

La era digital revolucionó al mundo. Actualmente un joven de 13 años es difícil que observe un mundo sin redes sociales; los adultos se mudan a las nuevas plataformas. No obstante, esa revolución está dejando estragos dramáticos a largo plazo; los stories o los influencers son cada vez más llamativos. En promedio el mundo invierte 68 horas mensualmente a desplazarse en los muros y «ver» que sucede en la vida de los otros. Existe un lenguaje sexista muy propio de las redes sociales, una indiferencia por la privacidad y la propia existencia de quienes están conectados. El «me siento agobiado» se está volviendo un estado constante en las redes sociales. El hecho de enviar un WhatsApp y no obtener respuesta provoca sensaciones de descontrol; las redes sociales aumentan y la vida virtual crece, olvidándose de un mundo real.

La vida en las redes sociales provoca una inercia mental; los usuarios responden a los «intereses» predeterminados por ellas. Existe una comodidad momentánea bajo las leyes del menor esfuerzo; sin embargo, la falta de conciencia sobre lo que realmente está sucediendo en la realidad está dejando estragos severos. Ya no existe indignación pero tampoco esperanza por sucesos que provocan inestabilidad; la llamada diversidad está de moda y el diálogo crítico a ésta, no existe. Las redes sociales son una práctica de diversos acontecimientos sin conciencia.

MUNDO VISIBLE VS MUNDO INVISIBLE

Los usuarios del mundo participan en su día a día en una sociedad conectada. Sin embargo, cada usuario decide anular lo que no le interesa; por lo tanto existe una aniquilación de la identidad colectiva, se hace visible lo innecesario para borrar lo necesario; la solidaridad, la familia, la complicidad van desapareciendo.

Los sociólogos afirman que cada vez que una persona se da de alta en una red social aumenta un egocéntrico y desaparece un humano; le han llamado los huecos invisibles.

Tal invisibilidad es una forma de violencia con alto potencial en lo afectivo. Es una especie de esclavitud humana con derechos concedidos para ser esclavos. La rápida expansión de las publicaciones contribuye a la pronta desaparición del hombre en sus entornos. Las familias o los amigos se sienten desprotegidos frente a estas nuevas formas de «existir».

Adolescentes y jóvenes siente un deseo fuerte de participar en las redes sociales; sin embargo, existen muchas contrariedades: el 8.5% de las cuentas de Twitter son bots y no personas. Las personas entre los 35 y 65 años de edad no usan las redes sociales en el mundo, por lo tanto esos rangos son los menos considerados para experiencias, recomendaciones, publicidad o incluso propuestas de amigos a seguir.

VER, SIN ESTAR

La notoriedad de los sucesos o las personas ha aniquilado la notoriedad del para qué suceden. Hay un uso compulsivo de ellas. La indiferencia y la invisibilidad también son un síntoma social que ocurre al centrar la atención en el mundo de las pantallas.

La presencia del otro es golpeada; se le ve pero no se le reconoce.

Las redes sociales desplazan y sustituyen a los otros. Una persona física puede ser convertida en irrelevante por una persona virtual.

Con las redes sociales los cercanos se vuelven individuos corrientes y los conectados son individuos «estrella».

Las redes sociales viven la humanidad desde la virtualidad, la desatención, la invisibilidad y la indiferencia.

Existe una especie de satisfacción y goce por esta nueva forma de coexistir a través de las redes sociales. Los costos aún no se saben.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 2 de septiembre de 2018 No.1208