El minimalismo es la tendencia a reducir a lo esencial, a despojarse de elementos sobrantes para dar la sensación de amplitud en los espacios de una casa habitación. En el aspecto de decoración es en donde más se conoce este término, pero también se puede aplicar a la vida diaria y hasta en los propios pensamientos abrumados, en muchas ocasiones, por la presión social.

El minimalismo en tu vida diaria

En la vida diaria el minimalismo es simplificar nuestros hábitos y entorno para mejorar conscientemente aquello que realmente aporta valor a nuestras vidas.

Se trata de:

▶ Ser felices viviendo con menos.

▶ Vivir con lo que realmente será memorable.

▶ Dejar de pensar en los «por si acaso» y quedarse solo con lo que realmente usas.

▶ Aprender que lo que consideras imprescindible no es tan necesario y lo necesario te limita.

▶ Dejar de lado las distracciones y aprender a estar contigo mismo.

▶ Identificar lo que aporta valor a tu vida, priorizarlo y dejar ir lo demás.

▶ Así podrás encontrar tiempo para el Señor, que sí es necesario, y para alimentar tu alma y tu espíritu.

El minimalismo en tu mente

El minimalismo también libera la mente al limpiar nuestros pensamientos de aquello que no es útil y solo ocupa lugar para dar espacio a lo que realmente es importante y nos da valor. Para lograrlo, es necesario que aprendamos a prestar atención aquello que llega a nuestra mente y seleccionar:

▶ Es necesario hacer una reflexión interna de ¿quién eres y qué te hace feliz?

▶ Reconoce que tus decisiones cambian tu vida.

▶ No te concentres en el pasado, a menos que estés dispuesto a aprender y perdonar.

▶ Planea el futuro sin tanto afán. Poniendo tus planes en manos de Dios.

▶ Sé una influencia positiva en los demás.

▶ Evita saturarte de información inútil y negativa.

▶ Sé autentico. Ante Dios eres único, ¿por qué no serlo ante los demás?

▶ Escribe tus pensamientos y vivencias.

Ya lo ha dicho el Papa Francisco, en su reflexión sobre el Padre nuestro: «Padre, ayúdame a llevar una vida más sencilla. La vida se ha vuelto muy complicada. Se corre de la mañana a la tarde, entre miles de llamadas y mensajes, incapaces de detenernos ante los rostros, inmersos en una complejidad que nos hace frágiles y en una velocidad que fomenta la ansiedad». Entonces, ¿para qué vivir una vida complicada?

Redacción

Publicado en la edición impresa de El Observador del 17 de febrero de 2019 No.1232