Testimonio de Laura Arellano tras misionar una Semana Santa en las Islas Marías

Al hablar sobre las Islas Marías debo confesar que deseo estar allá y no aquí. Confieso también que la primera Misa a la que asistí de regreso al continente fue valiosa por la fiesta de la Resurrección de Cristo, pero que lloré por estar celebrándola aquí y no en la isla María Madre.

Todos los isleños adjudicaban a los misioneros la alegría que se sintió durante esa semana, la esperanza que se respiró y la vida que nació de la monotonía; pero, desde mi vista de misionera, lo cierto es que cada uno de los preciosos seres humanos que viven ahí tienen las orejas «paradas», los ojos abiertos y el corazón dispuesto a percibir el aire del cambio y la mejora, para encontrar una nueva oportunidad.

Sí, encontré a muchos no muy convencidos de que estar en esa isla era muy parecido a seguir encarcelados, y que no es lo mejor que pueden tener; pero ellos mismos admitieron que éste lugar es su «pista de despegue» y, si bien no tienen grandes planes aún, saben que el punto para reiniciar está ahí, y no en la vida que los llevó ahí.

En Balleto, durante la representación del Viacrucis, «el Barrabás» dejó el escenario gritando: «¡Soy libre, soy libre!», y todos se rieron —«¡Ya quisieras!»—. Pero me hizo reflexionar que esa ansia de ser libre por ser libre (no estar tras las rejas) no se compara en nada con el ser libre que pueden encontrar aún dentro de las Islas Marías.

Es decir, la pasión con el que «¡soy libre!» suena a un grito de libertad y no de libertarismo puede sonar con más honestidad al salir de la isla María Madre que de cualquier penal, porque será un grito pleno.

Para dimensionar: Una vez, fuera del reclusorio femenil de Santa Martha Acatitla, esperábamos sentadas el autobús, cuando las puertas de la cárcel se abrieron de nuevo y salió una señora aún vestida de azul marino dando alabanzas al Señor: ¡era el día de su libertad! Esas mismas alabanzas las escuché en el Campamento de Morelos, en las Islas Marías, mientras un señor recibía… la Primera Comunión. A eso me refiero.

Hace mucha falta tocar de casa en casa y hablar con las mujeres que, cargando con una maleta y sus hijos, se fueron a vivir al lado de su marido. Hace falta acercarse a los chiquillos y enseñarlos a persignarse; enseñarles a todos a buscar y encontrar el sentido de sus vidas. Enseñar los sacramentos y mostrarles que religión es mucho más que sólo los Diez Mandamientos; explicarles que un Rosario no es un collar y que Cristo no está solamente en los misioneros.

Sí, hacen falta muchas cosas; pero creo que ya hay una gran parte del camino recorrida y ganada porque cada uno de estos diamantes que viven ahí, aún cubiertos de roca y polvo, ya están con la esperanza al borde, los ojos abiertos y el corazón dispuesto.

+ Extractado de Catholic.net

TEMA DE LA SEMANA: ISLAS MARÍAS: EL EVANGELIO TRAS LOS “MUROS DE AGUA”

Publicado en la edición impresa de El Observador del 17 de marzo de 2019 No.1236