En este siglo se habla mucho del éxito laboral, amoroso, económico, intelectual, deportivo. Todos los escenarios de la vida buscan conquistar la cima del éxito. A ello se le ha sumado la imagen y la proyección en las redes sociales. Algunos mensajes señalan que ser exitoso es la puerta de la renuncia a la felicidad, dado que ambas cosas no son posibles

Por Mary Velázquez Dorantes

Parece ser que el éxito se ha convertido en el mito del siglo XXI, una idea que los medios de comunicación han difundido de manera constante, y cuando éste no llega se desata una bomba interior en las personas.

En la actualidad, el éxito está relacionado con productos de alto costo: puestos corporativos, estatus, fama, felicidad perpetua, dinero, poder. Muchos en la carrera por alcanzarlo han perdido la brújula del equilibro, la tranquilidad o la plenitud. Los resultados suelen ser abrumadores, dado que se ha convertido en una obstinada razón para el hombre moderno.

Deseos, aspiraciones y otros ingredientes

Una vida ideal está llena de aspiraciones, deseos, sueños, conquistas. No obstante, en el camino el hombre actual está siendo dominado por una cultura seductora en la que ser exitoso es sinónimo de posiciones sociales, culturales e incluso de poder.

Las aspiraciones personales no son negativas. El error sucede cuando se convierten en una idea obsesiva, cuando la palabra fracaso sale por la puerta grande y el error no se tolera.

La vida actual está llena de ingredientes que mueven al ser humano a convertirse en una figura envidia- ble para los otros. Tales ingredien- tes son usados en exceso, como la popularidad, la «transformación» de los valores, la imposiciones sociales, el tergiversado concepto de victoria y la constante sensación de estar satisfechos.

En medio de un mundo que exige ser competitivo, idealizado, el éxito se ha convertido en el camino de piedra que muchos padecen; la vida parece sólo cobrar significado en la medida que los otros te reconocen, aplauden o veneran mundanamente.

Una nueva preocupación

Es cierto que el ruido del mundo exterior está generando tensiones, angustias, ansiedades y el hecho de desear constantemente el éxito es una nueva preocupación humana: en la complejidad del ser humano el sentido a la vida está pasando por lo que otros opinen o consideran que debemos ser.

Las cualidades humanas conocidas como virtudes se están rezagando, dado que es mejor entrenar para una vida de aceptaciones, aprobaciones y triunfos. Los mensajes de auto superación y auto ayuda están haciendo lo suyo. Cada año se venden millones de libros que dicen contener la fórmula para convertirse en un personaje lleno de lujos, objetos y posiciones.

Algunos lo han llamado la magia de lo grande, moviendo la obsesión a laberintos que producen infelicidad y depresión cuando los resultados no son como se imaginaban. Anteriormente era un problema de empresas que buscaban posicionarse como las mejores. Sin embargo, el momento actual está siendo asumido como un patrón en el que todos debemos encajar; las personas nos volvimos rentables como lo eran las empresas.

Expectativas dañinas

No existe nada más dañino que una expectativa exagerada y fuera de la realidad. El mundo se está dividiendo entre perdedores y triunfadores. El éxito es la montaña a la que todos buscan llegar, no importa cómo, no importa cuánto; la mayoría de los seres humanos se visualiza exitosamente feliz.

Mientras que el triunfo deja de ser una pasión sana y se convierte en una obsesión, las relaciones humanas se desarman, la familia queda relegada, el trabajo es la principal razón de existencia. Se trata de una expectativa distorsionada de la realidad y lejos de un sistema de valores que otorguen una mirada con sentido verdadero.

El triunfo no es sinónimo de avasallamiento. Hoy existen muchos «héroes» en las redes sociales, que buscan un reconocimiento halagador, y con todo ello lo que estamos logrando es ver más personas con padecimientos psicológicos inestables, sufriendo porque la cima es muy alta y el costo muy elevado.

La angustia es el padecimiento constante que multiplica el caos; la búsqueda del éxito es una insensatez nueva, remodelada y potencialmente dañina; la despersonalización está acaparando los consultorios y las expectativas se están saliendo de control; la vida no tiene sentido si el otro no sabe qué estoy haciendo y cuánto estoy ganando.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 24 de febrero de 2019 No.1233