Lamentaba el jesuita experto en apologética, padre Jorge Loring, que los teólogos modernos anden buscando «diversas explicaciones al hecho de la resurrección de Cristo».

Y señalaba: «Algunos dicen que la resurrección de Cristo no es un hecho histórico, pues no hay testigos. Este modo de hablar es ambiguo y puede confundir; pues ‘no histórico’ puede confundirse con ‘no real’. Por eso no debe emplearse».

Pues bien, es un hecho que muchos ya se confundieron; ahí están, por ejemplo, Karl Rahner, quien expresaba que una tumba vacía no basta como garantía de la Resurrección, pues podría explicarse de muchas maneras; Ward Schillebeeckx, que creyó que las apariciones de Cristo resucitado a sus discípulos sólo fueron experiencias religiosas personales del ofrecimiento renovado del perdón divino a través de Jesús; Rudolf Pesch, quien consideraba que la creencia en la resurrección de Cristo venía de un alto grado de reflexión por parte de los discípulos; Walter Kasper, que sostiene que las apariciones del Resucitado son más bien «la experiencia creyente de que el Espíritu de Jesús sigue actuando y de que Jesús vive y está presente en el Espíritu», pues los relatos evangélicos de la Pascua no tienen «un carácter histórico, sino que son recursos de estilo para llamar la atención de la gente y crear suspenso»; Jon Sobrino, que duda hasta del valor salvífico de la muerte y resurrección de Jesús al afirmar que «desde el principio que el Jesús histórico no interpretó su muerte de manera salvífica», y que, además, «la tentación más radical con que se enfrenta el cristianismo es la de centrarse unilateralmente en el Cristo resucitado»; o Ariel Álvarez Valdés, que está convencido de que el cuerpo de Jesús se pudrió en el sepulcro.

En todas las épocas de la Iglesia ha habido quienes niegan el triunfo literal de Jesús sobre la muerte. A los de su tiempo, san Agustín de Hipona respondía:

«Increíble es que un hombre haya resucitado de entre los muertos.

«Increíble es que todo el mundo haya creído ese increíble.

«Increíble es que doce hombres rústicos, sencillos y plebeyos, sin armas, sin letras y sin fama, hayan convencido al mundo, y en él a los sabios y filósofos, de aquel primer increíble.

«El primer increíble no lo queréis creer; el segundo increíble no tenéis más remedio que verlo; de donde tenéis que admitir el tercer increíble.

«Pero ese tercer increíble es un portento tan asombroso como la Resurrección de un muerto».

La genial respuesta que dio el padre Loring a esos teólogos modernos, que buscan diversas explicaciones al hecho de la resurrección de Cristo, es que ésta, «cualquiera que sea la interpretación, debe incluir la revivificación del cuerpo, si no se quiere hundir la teología de la Resurrección.

«Aunque no haya habido propiamente ningún testigo del hecho de la Resurrección, en cuanto tal, es histórica en razón de las huellas dejadas en nuestro mundo y de las que dan testimonio los Apóstoles.

«Si aparece un coche en el fondo de un barranco y está destrozado el pretil de la curva que hay en ese sitio, no necesito haber visto el accidente para comprender lo que ha pasado. De la misma manera puedo conocer la resurrección de Jesucristo».

La resurrección de Cristo es un dogma de fe definido en el IV concilio de Letrán (año 1215), precisamente para dejar las cosas claras delante de los que dudaban de la materialidad del triunfo de Jesús sobre la muerte: «Creemos y confesamos que Jesucristo resucitó de entre los muertos y subió al Cielo en cuerpo y alma».

Y, de hecho, la resurrección de Cristo es el dogma fundamental del cristianismo: «Si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es inútil y sus pecados no han sido perdonados. En consecuencia, los que murieron con la fe en Cristo han perecido para siempre» (I Co 15, 17-18).

D. R. G. B.

TEMA DE LA SEMANA: ANÁLISIS DE UN HECHO PORTENTOSO
Publicado en la edición impresa de El Observador del 21 de abril de 2019 No.1241