Por Mario De Gasperín Gasperín

Todavía está vivo en el recuerdo de las personas mayores la apertura de la Gloria con el repique de las campanas a media mañana del sábado, el ruido de las matracas, de los silbatillos gorjeadores y el estruendo del “judas” destripado al concluir la misa mayor. Toda esta algarabía se ha reducido a un silencio preocupante y a una inactividad litúrgica que no se acaba de entender. Se confunde con un “vacío” donde, se dice, no hay nada que hacer. ¿Cómo justificar este cambio tan drástico en la liturgia católica? Explicamos:

Todo viene del día anterior, del Viernes Santo, en que conmemoramos la pasión y muerte del Señor Jesucristo en la Cruz. Esta celebración termina con la siguiente indicación: Todos se retiran en silencio y se desnuda el altar; y a continuación nos explica que, durante el Sábado Santo, la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y su muerte, su descenso a los infiernos, y esperando, en la oración y el ayuno, su resurrección”. Así, el Sábado aparece como una prolongación del Viernes Santo, ahora en el sepulcro de Jesús, pero sin ninguna celebración y ningún sacramento, porque su Señor está ausente. Dice la instrucción: Hoy la Iglesia se abstiene absolutamente del sacrificio de la Misa, y el Sagrario permanece abierto y vacío. Jesús se ha ausentado de nosotros, descendió a los “infiernos”, a la región de los muertos para anunciarles su redención.

Con esta actitud la santa Iglesia quiere centrar nuestro espíritu en lo que significa la ausencia del Señor Jesús, y ejercitar nuestra esperanza. La Iglesia, esposa de Cristo, permanece en silencio meditativo junto al sepulcro de su Señor. No con angustia, sino reflexionando en su muerte de la cual participaremos todos nosotros. El cristiano permanece junto al santo entierro del Señor lleno de esperanza en la resurrección: Si morimos con Cristo, resucitaremos con él. Permaneciendo en actitud de meditación y vigilancia junto al sepulcro del Salvador, preparamos nuestra muerte y nuestra resurrección. Si esta esperanza no llena nuestra vida, también es vana nuestra fe. El Sábado Santo nos demostramos a nosotros mismos si es verdadera la fe que profesamos en el credo cuando decimos: Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro, la resurrección. El Sábado Santo aquilata la virtud de la Esperanza: “Hemos sido redimidos en esperanza” (S. Pablo). Si no esperamos la resurrección de Cristo, ¿cómo podremos esperar nuestra resurrección?

¿Qué hacer ese día? La Iglesia ofrece la recitación de la Liturgia de las Horas, alguna celebración de la Palabra y el ayuno, el silencio meditativo y la lectura de la sagrada Escritura. La llamada “Hora de la Madre” concentra en la figura de María toda la sensibilidad y experiencia creyente de la Iglesia. Ella, Madre nuestra también, pasa este día junto al sepulcro de su Hijo. Allí adquiere, con pleno derecho, el título de “Nuestra Señora de la Esperanza”. Ella espera, en nombre de toda la Iglesia, la resurrección de Cristo y prepara la nuestra. En el momento en que  su Hijo “desciende a los infiernos”, al sepulcro de toda la humanidad a tender la mano victoriosa a Adán y a Eva, Ella, nuestra Madre Dolorosa, intercede por nuestros difuntos y por todos los que murieron poniendo en Dios su confianza.

En el templo pueden exponerse las imágenes de Cristo crucificado, el Santo Entierro de Jesús, la imagen de la Santísima Virgen de los Dolores. Ya en casa podrá escucharse música religiosa y canto gregoriano cuya riqueza y sublime arte conserva la Iglesia para enriquecer nuestro espíritu.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 14 de abril de 2019 No.1240