Por Jaime Septién

La grande enseñanza de personajes como Jean Vanier es, si se me permite, una enseñanza lingüística. Para ellos, discípulos del Señor, misioneros en sentido estricto (para ser misionero hay que ser discípulo permanente), no existen palabras determinantes. Se equivoca quien piensa que «fuerte» y «débil», «capaz» y «discapacitado» son como «bueno» y «malo». Y que nada se puede hacer, más que hablarles con lástima; darles migajas para que «recuperen» su dignidad mientras «los integramos» al mundo.

¡Qué estúpidos solemos ser! Ellos –especialmente los más triturados, los descartados, los mutilados, los esquizofrénicos, los que sufrieron parálisis cerebral al momento de nacer, en fin, los abandonados por la mano egoísta de una sociedad egocéntrica— son el mundo. Su cuerpo roto es la herida por la que se cuela (asombrosamente brillante) la presencia de Dios. Los pequeñitos, los predilectos…

En uno de sus muchos rasgos de genialidad, Borges declaró que hay dos verbos (solo dos) que no aceptan el modo imperativo: amar y soñar. Los demás verbos, al caer en boca farisaica –como la de muchos de nosotros— se vuelven mandatos, fardos pesados echados al lomo de los demás. Jean Vanier amó y vivió con hombres y mujeres con discapacidades severas. Soñaba afanosamente con un mundo nuevo. Ese mundo donde las palabras son obras y las obras son amores. Como el de Jesús.

TEMA DE LA SEMANA: LOS SUEÑOS DE UN GIGANTE

Publicado en la edición impresa de El Observador del 19 de mayo de 2019 No.1245