Por Mariano Azuela Güitrón

Sin desconocer que la religiosidad que priva en nuestra patria se encuentra muy lejana a la que se proyectaba en el amor al próximo y en la práctica cotidiana de las virtudes teologales y cardinales, no puede desconocerse que se compensa con la intensa devoción a la Santísima Virgen María, especialmente en su advocación de Guadalupe, complementada por otras devociones específicas de diversos lugares de la República. En la Ciudad de México la Villa de Guadalupe recibe un importante número de visitantes que siguen con devoción las Misas, acostumbrándose una aproximación máxima al ayate de Juan Diego, gracias al exitoso pasaje ideado por Pedro Ramírez Vázquez. Fácilmente se advierte la presencia de personas mayoritariamente humildes.

Algo similar sucede en los templos donde se da culto a otras advocaciones de la Santísima Virgen. Sin negar el indiscutible valor de esa cultura y la oportunidad que tienen los sacerdotes de pronunciar sermones motivadores de una vida apegada a los principios evangélicos, se debe tener conciencia de que gran parte de la población se encuentra alejada de una seria e intensa preparación religiosa que se traduzca en compromisos sustentados en la doctrina social católica. De ahí la importancia de encontrar fórmulas que aprovechen esas devociones marianas para conseguir una sociedad más justa.

TEMA DE LA SEMANA: MARÍA EN MÉXICO

Publicado en la edición impresa de El Observador del 5 de mayo de 2019 No.1243