Por Sergio Ibarra

La historia demuestra, ante las evidencias arqueológicas, mitológicas y antropológicas, que en la marcha continua de la historia el ser humano ha debido desafiar el entorno natural y responder cuestionamientos complejos.

Las evidencias muestran epopeyas como la del César cruzando el Rubicón o Aníbal atravesando los Alpes, hasta la gran hazaña de haber ido a la luna. En éstas y en muchas más el ser humano empeñó tiempo y esfuerzo en planear y en organizarse para resolver cada desafío.

El siglo XXI, teniendo a cuestas el inconmensurable progreso tecnológico y científico, que ha disminuido errores de manera drástica, nos ha puesto ante el desafío de que cualquier conquista, ya sea de un negocio, de un gobierno o de cualquier otra actividad, la toma de decisiones debiese fundarse más y más estimando las consecuencias.

Difícil concebir que en este contexto solemos despreciar el uso de la inteligencia artificial y la propia. Quizás en el pasado ubicar una planta, un edificio o un hospital en tal o cual lugar podría tener omisiones, por qué se carecía de ciertos recursos. Hoy es inadmisible que se estén destruyendo instituciones y proyectos de nuestra Patria, sin el menor razonamiento.

Seguramente al Presidente López Obrador le pueda parecer irrelevante y divertido desconfiar de una institución de la categoría y calidad como es el INEGI. Al anunciarse en días pasados la tasa de desempleo, desestimó el trabajo profesional de cientos de personas que miden este indicador, argumentando que él tiene otros datos.

Lo que parecía un riesgo, empieza a volverse una realidad: López Obrador va a mandar al diablo a las instituciones, como el mismo lo ha dicho, y con ello va a desmantelar las piedras angulares en las que se asienta la democracia, el bien común y el orden social.

No existiendo otro, el contrapeso alternativo somos la sociedad. Como católicos tenemos la opción de exigir la verdad y las consecuencias de las improvisaciones. Está en nosotros evitar la venezuelización de nuestra Patria.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 26 de mayo de 2019 No.1246