Por Miguel Aranguren

Es curioso, pero en ocasiones debo detenerme a pensar quién soy y qué soy.

Y me lo tomo con humor, claro, a pesar de que estas preguntas fundacionales para cualquier ser humano vengan provocadas por algo tan nimio como una App para mi teléfono o para mi computadora. Son singulares inventos (algunos muy ingeniosos, otros verdaderamente útiles, los más completamente prescindibles) que suelen solicitar, antes de permitirnos su uso y disfrute, un registro pormenorizado de nuestros datos personales.

Los responsables quieren saber quién somos y qué somos, supongo que por razones legales y, sobre todo, por intereses comerciales. No en vano, el mundo ha cambiado: nos hemos convertido en presas acorraladas en una persecución sin cuartel por parte de todo tipo de compañías.

En mis primeros e inocentes soplos en este universo etéreo de las pantallas, me sorprendí al comprobar la magia de internet, que acertaba siempre en mis gustos, pues cada vez que abría una página web, un programa, saltaba, sin yo quererlo, una pestaña con atractivas ofertas publicitarias relacionadas con mis aficiones y necesidades. Pronto comprendí que ese acierto constante acerca de mis intereses se debía a los motores de búsqueda (no sé muy bien qué son, así que dejo fluir mi imaginación por un armatoste repleto de extraños mecanismos), que exprimen algoritmos que se apropian de nuestras consultas para traducirlas en una salva de incitaciones a la compra compulsiva.

Pero no es el momento de reflexionar acerca de esta tormenta de espacios publicitarios con la que nos acosan, sino de la naturaleza de los formularios que las compañías digitales nos exigen como contraprestación: sus servicios a cambio de nuestra intimidad. Y vaya por delante que me resulta lógica esa exigencia, pero hasta un punto, claro, que no es lo mismo entregar una dirección de email, crear una contraseña y aceptar las condiciones legales a las que la empresa está obligada, que regalar nombre, edad, sexo, estado civil, número de hijos (en el caso de tenerlos), título universitario, tipo de trabajo, gustos y aficiones (marque la casilla correspondiente), etc.

El Gran Hermano nos observa. Es un ojo de Mordor que no pestañea. Nos tiene localizados allí donde vamos y se disfraza de caperucita para hacerse el encontradizo con amables sugerencias de toda condición. Pero cuando presiente que nos hemos ablandado, saca el aguijón y nos lo clava para inocularnos toda
clase de venenos.

Volvamos a los formularios y a su detallismo. Y a su adaptación, claro, al pensamiento dominante, al pensamiento líquido, blando, tibio y de parte que el Ojo maneja a su gusto, pues de él mana el interés por confundirnos en quiénes somos y qué somos.

Llegada la hora de informar acerca de nuestro sexo, muchas App nos ofrecen tres posibilidades, tres casillas de las que hay que marcar una a la fuerza para completar la gestión del alta. La primera se refiere al varón (o al hombre). La segunda se refiere a la hembra (o a la mujer). La tercera lleva el título de «Otros».

Esta curiosa triada comparte un mismo nivel. Es decir, que da por hecho que el usuario puede ser o considerarse hombre, ser o considerarse mujer, ser o considerarse «otro», eufemismo que comprende una casi infinita gama de posibilidades (nunca cerradas, porque las opciones sexuales -más en nuestra época- no conocen límites).

Un día reconoceremos que el Emperador está desnudo, por más que él crea a pies juntillas que lleva el más hermoso de los vestidos. Entonces nos avergonzará la estupidez con la que nos estamos dejando gobernar por el Ojo avieso y malsano. Aunque, de todas formas, esa casilla de «Otros» también nos ofrece una sana diversión: en ese embrollo al que llaman «género», dada la libertad para acumular disparates, podríamos definirnos como pitufo, dragón de dos cabezas, ventilador, zapatilla, herpes, lapicero de color verde, gato… lo que pondrá en un serio aprieto a los buscadores y a los algoritmos del Ojo.

www.miguelaranguren.com

Publicado en la edición impresa de El Observador del 21 de julio de 2019 No.1254