Por Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

La identidad de un hombre consiste en la coherencia entre lo que es y lo que piensa. Charles Sanders Peirce

Redacto esta colaboración el día en que se cumplen 400 años de la muerte de San Lorenzo de Brindis, acaecida en Lisboa el 22 de julio de 1619, fecha en la que cumplía 60 de edad.

Se encontraba en esa capital de paso a la de España donde pretendía comparecer ante el rey Felipe III, cuya potestad se extendía en ese momento al territorio de residencia del fraile, el sur de Italia, para pedirle, a nombre del pueblo, destituyera a un gobernante nefasto. No llegó a la Corte y sus despojos mortales fueron sepultados en el Monasterio de la Anunciada, en Villafranca del Bierzo, diócesis de Astorga, donde ahora se veneran como reliquias.

A San Lorenzo de Brindis, al tiempo del cuarto centenario de su nacimiento, en 1959, el Papa San Juan XXIII le dio el título de «Doctor Apostólico» por el hondo calado pastoral de su copiosa producción escrita, especialmente sermones.

Su nombre de pila fue Giulio Cesare Rossi y nació en Brindis; lo mudó por el que ahora conocemos cuando abrazó la vida consagrada en una de las ramas del franciscanismo, la Orden de los Capuchinos, en la que le distinguió su claridad intelectual y congruencia.

Políglota, dominó además de su lengua materna, el italiano, el latín, el griego, el hebreo y el sirio, el francés y el alemán. Es fama que se sabía de memoria la Biblia y que dominaba la literatura rabínica mejor que los propios rabinos y que conocía muy bien las obras de los Santos Padres, bagaje gracias al cual terminó siendo un pionero del diálogo ecuménico, sin mengua de su aptitud para hablar ante cualquier audiencia, especialmente la popular, mediante prédicas llanas, directas y con mucho contenido, labor que nunca descuidó pese a las muchas encomiendas que se le confiaron.

Si grande fue su entusiasmo por poner en práctica los decretos del Concilio de Trento, mayor empeño tuvo siempre para tener, en medio de todo, tiempo para orar y disponerse interiormente a la celebración de la Misa.

No haber sucumbido al activismo no fue en mengua de su compromiso social, tanto así que desarrolló actividades a favor de la paz ante reyes y papas, con quienes se condujo como el más hábil de los diplomáticos, sobre todo en un momento de la historia en el que la unidad europea era vital para oponer un dique a las pretensiones del imperio otomano de extender en ese ámbito sus dominios. De él llegó a decir el Papa Clemente VII que valía más que un ejército.

En una de esas embajadas, hemos dicho, dejó esta vida pero también un excelente ejemplo de una labor que hoy como nunca se echa de menos: la de eclesiásticos involucrados desde su ministerio en la salvaguarda del derecho divino, sustento último de los derechos humanos, toda vez que sin la levadura y el fermento del Evangelio, hasta el cristianismo puede convertirse en opio alienante y a eso lo reducen los pastores vacíos e incongruentes que no viven lo que predican.

Hace pocos años, ocho para ser exactos, el Papa Benedicto XVI, en la audiencia general de los miércoles en la Plaza de San Pedro, propuso a los peregrinos allí congregados imitar a San Lorenzo en la escucha y acogida de la Palabra de Dios «para que se dejen transformar interiormente y, así, cada una de las acciones de ustedes tenga al Señor como su inicio y tienda a Él como a su fin».

Publicado en la edición impresa de El Observador del 28 de julio de 2019 No.1255