Por Diana Rosenda García Bayardo

Cuando se le pregunta a la gente cuál cree que sería la peor forma de morir, las respuestas varían, pero todas llevan como medida lo que a cada uno le parece que es el mayor sufrimiento posible. Éstas son algunas de las afirmaciones más comunes: «La peor forma de morir es ahogado o quemado vivo»; «Definitivamente morir asfixiado sería lo más horrendo»; «El cáncer o el SIDA: te van consumiendo lentamente sin que nadie pueda hacer nada por ti; sufres por meses sabiendo que ya perdiste la batalla».

Sobre las mejores maneras de morir responden las personas: «Estaría bien morir por sobredosis de algún calmante, así no sientes nada»; «Mejor sería un ataque al corazón, porque sería una muerte muy rápida»; «No hay nada más deseable que fallecer mientras dormimos, así uno no sufre».

Unos cuantos llegan a manifestar una visión menos material sobre la muerte: «Lo más espantoso sería fallecer en soledad»; «El peor modo de morir es lleno de rencor y de odio».

Pero el gran deseo, irrealizable, es no tener que morir jamás. Esto es parte del instinto de conservación que Dios ha dado a todos los seres vivos, y que los impulsa a luchar no sólo por evitar la muerte, sino cualquier dolor o enfermedad porque son prueba de que el organismo está sufriendo un daño que podría poner en riesgo su existencia.

El hecho es que lo que a pocas personas preocupa es su situación espiritual, aunque ésta las puede llevar a la condenación eterna y, por tanto, a tener un sufrimiento incomparable  y permanente.

No es el tipo de muerte lo que ha de determinar el destino de una persona sino su estado espiritual, que depende de su modo de vivir y de morir. Hay santos a los que Dios les concedió un dulce tránsito de esta vida a la otra; pero, por el contrario, permitió que otros de sus amigos agonizaran con terribles enfermedades o, peor aún, dejó que  muchos de ellos fueran torturados y asesinados en las más sádicas circunstancias; aun así, de todos puede decirse que tuvieron una buena muerte porque fue una muerte santa.

La mala muerte, la peor muerte, no es, pues, la del ahogado o la del apuñalado, la del que fallece de hambre o de sed, o la del que muere en un hospital enredado entre tubos y cables tras meses de agonía, sino la del que muere estando lejos de Dios.

TEMA DE LA SEMANA: LOS ÚLTIMOS INSTANTES: GUÍA PARA EL BIEN MORIR
Publicado en la edición impresa de El Observador del 4 de agosto de 2019 No.1256