En México, desde hace un tiempo, se le viene nombrando a septiembre como el «mes de la patria». Desde luego, esto hace referencia a que la madrugada del 16 de septiembre de 1810 dio inicio la lucha armada que años después desembocaría en que esta tierra americana acabara independizándose de España.

Pero hay otros acontecimientos importantes ocurridos en septiembre, que han marcado a esta nación; entre ellos:

  • La consumación de la guerra de independencia, el 27 de septiembre de 1821.
  • La defensa del Castillo de Chapultepec por los Niños Héroes durante la invasión de Estados Unidos a México, el 13 de septiembre de 1847.
  • El terremoto del 19 de septiembre de 1985, de magnitud 8.1, que dejó más de 20 mil víctimas mortales, 250 mil personas sin casa y otras 900 mil que debieron abandonar su hogar.
  • El terremoto del 7 de septiembre de 2017, de magnitud 8.2, con 102 fallecidos y unas 60 mil construcciones dañadas.
  • Y el terremoto del 19 de septiembre de 2017, de magnitud 7.1, que dejó 369 fallecidos y aproximadamente 120 mil viviendas dañadas.

El primero de estos tres grandes movimientos telúricos, ocurrido en medio de una gran crisis económica, significó, sin embargo, el gran despertar solidario de toda una nación ante la ausencia de una respuesta inmediata y coordinada de parte del gobierno, pues incluso el presidente del país demoró 36 horas en dirigirse a la nación, y la presencia de la policía y el ejército no sólo demoró, sino que su actuación fue más bien pasiva.

Fue, pues, la población civil la que tomó en sus manos las labores de rescate: grupos de scouts; brigadas de estudiantes; los arriesgados «topos»; gente que habilitó sus vehículos para traslado de víctimas y de víveres, etc. Toda clase de gente buscaba ayudar como podía, no sólo ante la emergencia, sino en la posterior recuperación.

Podría decirse que, desde entonces, México ya no volvió a ser el mismo en cuanto a que descubrió que no puede conformarse con lo que hagan las autoridades gubernamentales, y que lo poco o mucho que cada uno pueda hacer por su hermano es valioso.

Así, ante las desgracias posteriores, como las de los dos terremotos de 2017, pero igualmente en huracanes, deslaves, inundaciones, etcétera, el pueblo mexicano es rápido para organizarse y responder caritativamente.

Sin embargo, la solidaridad debería ser una práctica cotidiana de acciones individuales y colectivas. Y para ello es bueno recurrir a modelos que inspiren y motiven a mantenerse en el camino de la solidaridad. Por ejemplo, el sacerdote mexicano san José María de Yermo y Parres (1851-1904), a quien el gobernador de Guanajuato le dio, no sin razón, el sobrenombre de «gigante de la caridad»:

Sucedió que el 18 de junio de 1888 hubo una grave inundación en la ciudad de León por el desbordamiento del río Los Gómez, la cual causó muchas muertes y destrucción de casas. Entonces el padre Yermo, cruzando a nado las calles, rescataba a la gente, a la cual llevaba al albergue para pobres que él había construido en el cerro de El Calvario. En total, con ayuda de las religiosas de la congregación que él fundó, dio hospitalidad a tres mil personas que se quedaron sin casa durante ese desastre natural.

Pero su acción no era sólo para emergencias; él tenía conciencia de que, como sacerdote ministerial, debía ver por las necesidades no sólo espirituales sino también corporales del ser humano; así que construyó escuelas y casas hogar para la atención de los necesitados —huérfanos, ancianos, indígenas y mujeres necesitadas de regeneración—. Su solidaridad fue permanente, y siempre centrada en Dios.

San Juan Pablo II lo beatificó y canonizó, determinando que la fiesta litúrgica de san José María tuviera lugar… ¡el 19 de septiembre!, ya que este gran sacerdote falleció en la noche entre el 19 y el 20, aunque estrictamente su partida al Cielo ocurrió el 20 de septiembre, a las 4:30 de la madrugada.

D. R. G. B.

TEMA DE LA SEMANA: LA IGLESIA DE LOS POBRES EN MÉXICO

Publicado en la edición impresa de El Observador del 15 de septiembre de 2019 No.1262