México es un país de madres que sufren porque sus hijos son asesinados o porque son los que matan; porque desaparecen o porque son los que hacen desaparecer a otros; porque son secuestrados o porque secuestran; porque roban o porque son robados.

No hay peor dolor para una madre que perder a un hijo. Así se hacía evidente, una vez más, cuando Norelia Hernández, madre de Norberto Ronquillo —el joven secuestrado y asesinado en Ciudad de México en junio de este año—, dijo tras ir a la capital del país a recoger el cuerpo de su hijo:

«El dolor que siento no se lo deseo a nadie; ni a los secuestradores, ni a sus madres».

En enero de 2019 el gobierno reconocía que hay más de 40 mil personas reportadas como desaparecidas en el país. Eso implica 40 mil madres desgarradas por no saber nada de sus hijos.

A veces son los propios vástagos los que toman decisiones equivocadas, involucrándose en actividades ilícitas y peligrosas que incluso acaban por arrancarles la vida, o que los llevan a arrancársela a otros.

Pero también están los casos de hijos que inocentemente desaparecen:

Sólo entre 1995 y 2018 ya se tenía registrada la desaparición de más de 9 mil menores de edad de entre cero y 17 años.

Las causas de dichas desapariciones pueden ser de lo más diverso, pero en el caso de los niños pequeños una causa muy común es el rapto parental, es decir, cuando el papá o la mamá que no tiene la custodia se roba al hijo. Como quiera que sea, se vive el drama de las familias rotas, sin poder saber el paradero de los hijos, o siquiera si están vivos o muertos.

En medio de tanto dolor, hay madres que han dado con la actitud más correcta y sanadora: la oración constante.

  • «Rezo por mi hijo, y también por el alma del que lo mató».
  • «Sigo orando por mi hijo, aunque tengo poco control sobre sus acciones».
  • «Rezo por la recuperación de mi hija, pero también por el que la secuestró y la violó».
  • «Aunque mi hijo es culpable y está en la cárcel, yo lo sigo amando. Por eso no dejo de rezar por él, para que encuentre a Dios».

Las madres tienen una gran aliada en sus oraciones: la Santísima Virgen María, que las puede comprender mejor que nadie, e intercede por ellas y sus hijos. Como escribió san Eadmero de Cantérbury (siglo XI):

«Ella fue hecha Madre de Dios, más por causa de los pecadores que por causa de los justos, ya que su Hijo dijo que no había venido a salvar a los justos, sino a los pecadores».

Así que hay esperanza hasta para los hijos descarriados. Por eso las madres nunca deben dejar de orar por ellos.

Redacción

TEMA DE LA SEMANA: CUANDO HAY QUE ORAR POR LOS HIJOS

Publicado en la edición impresa de El Observador del 25 de agosto de 2019 No.1259