Experiencia de san Agustín

Este gran santo cuenta que, en su camino de conversión a Cristo, tenía la mala costumbre de jurar a cada momento. «Mas, cuando leí el Evangelio, temí, luché contra mi costumbre, y en la misma lucha invoqué la ayuda del Señor. El Señor me la concedió para que no volviese a jurar. Nada me resulta ahora más fácil que no jurar».

Un ladrón se convierte

Kristian Briones nació en Santiago de Chile, y en su niñez vivió con sus abuelos porque sufrió el abandono de sus padres, y se hizo drogadicto hacia los 13 años.

«Después comencé a robar en los microbuses de transporte público, desvalijar autos y entrar a las casas».  Estuvo más de veinte veces en la correccional de menores por sus delitos. Tras hacerse adulto, fue encarcelado varias veces por robar.

A la cárcel iba un sacerdote a visitar a los presos y a ofrecerles los sacramentos. Un domingo «fui para acompañarlo en la Misa y ahí me quebré. Yo, que era un ladrón conocido y violento, cuando oí el Evangelio del Hijo Pródigo me puse a llorar porque su historia era la mía». Ése fue el principio de su conversión, y hoy Kristian, alejado de las drogas, es un católico que trabaja en la rehabilitación de otros.

Bosco Gutiérrez les leyó el Evangelio a sus secuestadores

La mañana del 29 de agosto de 1990 el arquitecto mexicano Bosco Gutiérrez, tras salir de la Misa diaria, fue secuestrado. «Yo entiendo mi secuestro —cuenta él— como si Dios me hubiera dicho: no te puedo volver a meter en el vientre de tu madre, pero te voy a meter nueve meses en un cuartito para que con tu inteligencia y tu memoria decidas cómo vas a vivir tu segunda oportunidad». Es decir, ya era católico practicante, pero Dios lo purificó para hacerlo aún más ferviente.

«Me tuvieron desnudo cuatro meses. Los secuestradores iban con capucha y jamás oí sus voces, se comunicaban por escrito». El día de la Independencia uno de los delincuentes le mostró un papel que decía «¡Viva México!, puede tomar lo que quiera», y Bosco pidió un trago de whisky. Cuando lo recibió, sintió dentro de él una voz: «Ofrece el whisky», y él replicó: «Yo ofrezco estar secuestrado». Pero la voz le señaló: «Eso no depende de ti». Entonces él tiró el whisky por el retrete y escribió: «Hoy gané mi primera batalla, no todo lo deciden ellos». Así, abandonó el papel de víctima. Más tarde, en su encierro, recordó un sueño que tuvo de niño: «Estaba en el Infierno, y un tipo me gritaba: ‘Estás aquí por no haber ayudado a nadie; fuiste egoísta, y yo estoy aquí porque nadie me echó una mano. Si me hubieras ayudado, los dos estaríamos en el Cielo’», así que decidió iniciar su apostolado con los secuestradores.

Desde entonces rezaba por ellos, y en Navidad les pasó un papelito que decía: «Hoy es Navidad y no hay ni secuestradores ni secuestrado, todos somos hijos de Dios y a las ocho de la noche vamos a rezar». Y lo curioso es que ellos acudieron a la cita: «Abrieron la ventanuca de la puerta y vi a cinco encapuchados blancos en un fondo negro».

Como Bosco había conseguido antes que ellos le dieran una Biblia, «les hablé de la humildad y les leí el Evangelio. Al terminar, uno por uno me dieron la mano y experimenté la felicidad más grande… Había perdido el miedo, sabía que mi vida no estaba en sus manos, sino en las de Dios. Los cinco meses restantes fueron de gran profundidad espiritual».

Finalmente, cumplidos los nueve meses, de una manera sorprendente e inesperada, Bosco Gutiérrez pudo escapar.

Testimonio de un antiguo masón

Maurice Caillet, un ginecólogo y urólogo, hoy también es un católico. Pero antes fue miembro del Partido Socialista Francés y afiliado a una logia de la masonería en su país, a la cual perteneció por 15 años. Ahí aprendió, creyó, practicó y promovió todas las creencias de esta secta: la aceptación de un dios abstracto que no interviene en los asuntos humanos, el laicismo, el combate a los dogmas de la fe católica, la imposición del relativismo moral, la implantación de una supuesta filosofía humanista, la esterilización y el aborto, etc.

Sin embargo, un día las cosas cambiaron: «Yo era racionalista, masón y ateo. Tampoco estaba bautizado, pero mi mujer Claude estaba enferma y decidimos ir a Lourdes. Mientras ella estaba en las piscinas, el frío me obligaba a refugiarme en la cripta, donde asistí, con interés, a la primera Misa de mi vida.

«Cuando el cura, al leer el Evangelio, dijo: ‘Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá’, se produjo un choque tremendo en mí».

Eso «porque esta frase la oí el día de mi iniciación [masónica] en el grado de ‘aprendiz’, y la solía repetir cuando yo iniciaba a otros.

«En el silencio posterior, pues no había homilía, oí claramente una voz que me decía: ‘Bien. Pides la curación de Claude. Pero, ¿qué ofreces?’. Instantáneamente, y seguro de haber sido interpelado por Dios mismo, sólo me tenía a mí mismo para ofrecer. Al final de la Misa, pedí inmediatamente el Bautismo al cura…Ése fue el inició de mi itinerario espiritual».

Rechazar el Evangelio ¡¿cómo para qué?!

  • «Ha llegado el tiempo del juicio, y éste empieza por la casa de Dios. Pues si comienza por nosotros, ¿qué fin tendrán los que se niegan a creer en el Evangelio? Si el justo se salva a duras penas, ¿dónde se presentarán el pecador y el impío?» (I Pe 4, 17-18).
  • «La piedra que rechazaron los constructores ha venido a ser la piedra angular. El que caiga sobre esa piedra se hará pedazos, y al que le caiga encima quedará aplastado» (Lc 20, 17-18).
  • «Jesucristo es la piedra que ustedes los constructores despreciaron y que se ha convertido en piedra angular…, pues bajo el Cielo no se ha dado a los hombres ningún otro Nombre por el que debamos ser salvados» (Hch 4, 11-12).
  • «Cuidado, pues, de hacerse los sordos… Pues si no se salvaron en aquel tiempo los que desoyeron las palabras del profeta en la tierra, menos todavía nosotros si nos desentendemos del que habla desde los Cielos» (Hb 12, 25).

TEMA DE LA SEMANA: LOS EVANGELIOS, ¿PARA QUÉ NOS SIRVEN?

Publicado en la edición impresa de El Observador del 22 de septiembre de 2019 No.1263