Resulta muy complicado dar recetas acerca de cómo educar y formar a los hijos; lo que puede que funcione para uno de ellos, puede ser un fracaso para otro, ya que hay muchos factores individuales involucrados, como son el carácter, el temperamento, el ambiente, las relaciones sociales y demás vivencias y heridas que cada vástago va experimentando en el transcurso del tiempo.

Por ejemplo, santa Mónica no tuvo especial problema con su hijo e hija menores, mientras que con el hijo mayor, san Agustín, los muchos dolores de cabeza no le faltaron. En los primeros años los padres del santo fallaron por evidente dejadez; pero cuando ambos experimentaron una verdadera conversión a Cristo, se dieron cuenta del desastre espiritual en el que el muy joven Agustín estaba inmerso, y lo llamaron a rectificar, pero infructuosamente. Muy pronto el padre murió, por lo que santa Mónica enfrentó sola la situación.

Al ir Agustín a casa por unas vacaciones, su madre supo que no se quería casar con la mujer con la que tuvo un hijo a pesar de que vivía con ella en concubinato, y que además se había hecho miembro de la secta de los maniqueos, que afirmaban que el mundo no había sido creado por Dios sino por el diablo. Después de dialogar con él inútilmente, santa Mónica tomó la decisión de echarlo de la casa porque bajo su techo no era correcto albergar a enemigos de Dios.

Pero eso no significa que dejara a Agustín a su suerte: dedicó 15 años para rezar y ofrecer sacrificios a Dios a fin de que su hijo se convirtiera.

El Señor concedió a santa Mónica un sueño profético en el que ella se veía llorando la pérdida espiritual de su hijo, y un personaje resplandeciente y le decía: «Tu hijo volverá contigo», y enseguida veía a Agustín junto a ella. Igualmente un día le contó a un obispo los muchos años que venía rezando por su hijo, y el clérigo le respondió: «Esté tranquila, es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas».

Cuando Agustín cumplió 29 años, planeó ir a Roma a dar clases. Su madre decidió ir con él para intentar alejarlo de las malas influencias; pero el hijo, por medio de un engaño, embarcó sin ella. Entonces santa Mónica tomó otro barco y fue tras él, dispuesta a todo por la salvación eterna de su primogénito.

Finalmente, esta madre vio el fruto de sus oraciones: Agustín, en el año 387, tras leer unas frases de san Pablo, sintió una impresión extraordinaria y se propuso cambiar de vida. Se hizo instruir en la fe cristiana, recibió el Bautismo y se convirtió en un gran santo.

San Agustín habla de su mamá

  • «No callaré ninguno de los sentimientos que brotan en mi alma, inspirados por aquella sierva vuestra que me dio a luz en la carne para que naciese a la vida temporal, y me dio a luz en su corazón para que renaciese a la vida eterna. No diré los dones de ella, sino vuestros dones en ella. Pues no se hizo ella a sí misma, ni se había creado a sí misma».
  • «Ella era quien hacía las diligencias para que Tú, Dios mío, fueras mi Padre… ¿Y de quién sino de Ti eran aquellas palabras que me venían por conducto de mi madre, tu sierva fiel, y que Tú cantaste a mis oídos?».
  • «Ella anhelaba, y recuerdo que así me lo recalcó con gran interés, que evitara la fornicación, haciendo especial hincapié en la huida del adulterio con mujeres casadas».
  • «No tengo palabras para describir el gran amor que me tenía, y con cuánto mayor empeño procuraba darme a luz en el espíritu, muy por encima del empeño con que me había dado a luz según la carne».
  • «Llegado a esta ciudad, me alcanzó el azote de una enfermedad corporal. Mi madre no estaba enterada de mi postración, pero oraba en mi ausencia por mí. Y Tú [Dios mío], que estabas continuamente presente donde ella estaba, la oías a ella. Y donde estaba yo, tenías piedad de mí… No consentiste que muriera en tal estado, puesto que esto sería como morir dos veces. Y si el corazón de mi madre sufría un desgarrón de este tipo, ya no tendría recuperación posible… ¿Y dónde estarían ahora tantas y tantas oraciones como sin cesar Te dirigía?…
  • «¿Ibas a despreciar Tú las lágrimas con que ella Te pedía no oro ni plata, ni bienes mudables o volubles, sino la salvación del alma de su hijo? De ninguna manera, Señor, sino todo lo contrario. Tú la apoyabas y la escuchabas, secundando sus peticiones según el orden que tenías predestinado para tu actuación» .

De su libro Confesiones

TEMA DE LA SEMANA: CUANDO HAY QUE ORAR POR LOS HIJOS

Publicado en la edición impresa de El Observador del 25 de agosto de 2019 No.1259