Por Arturo Zárate Ruiz

No es que Dios se ausente, es que nos damos cuenta que no nos presentamos ante Él de la mejor manera y, por tanto, como que no nos sale la oración, no hablemos de la torpeza que experimentamos en su escucha.

Sucede, por ejemplo, cuando nos hincamos con entusiasmo y empezamos a pedirle cosas y más cosas al Padre.  Sin embargo, en algún momento, incluimos en nuestras peticiones el sacarnos aun el premio mayor de la lotería.  Entonces nos damos cuenta no sólo de lo inadecuado de nuestras peticiones sino de cuán inadecuados somos nosotros mismos ante el Altísimo. Conviene, pues, mejor callar y permitir que sea el Espíritu Santo quien ore por nosotros y presente al Padre, la mejor oración, la más pura, que es Jesús mismo en el Calvario.  Conviene también recurrir a Nuestra Madre. Ella ruega por nosotros para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro señor Jesucristo.  Así, no tenemos que ser nosotros quienes pidamos porque todo ya se nos ha dado de antemano.

Aun así, en ocasiones queremos seguir pidiendo, pero nos estorba un deseo inapropiado: querer ver cumplidas nuestras peticiones y hacer de este cumplimiento la base de nuestra fe.  Aunque Jesús parece entonces amonestarnos con estas palabras, “Bienaventurados los que creen sin haber visto”, más bien nos invita a seguir pidiendo y pidiendo muchas cosas, aun las que nos parezcan increíbles, si se ajustan a la infinita bondad de Dios, y si las pedimos con fe, es decir, con confianza en que todo se cumplirá, aun cuando no se nos permita verlo, incluso cuando entremos en el Reino.  Y que ni entonces lo veamos, qué importa.  Si todo se cumplió, y de eso no habrá duda, no fue por nosotros, no fue por nuestro mérito, sino por la grandísima generosidad de papá Dios.  Ya será bastante que nos acepte en su presencia.

Pero tras tanto pedir, ¿qué le ofrecemos a Dios?  ¿Nos atreveremos ahora a seguir su Camino, que es Cristo en la Cruz?  Hagámoslo aceptando nuestras crucitas, que nos son muchas.  Hagámoslo juntando nuestro trabajo, nuestros pequeños contratiempos, nuestros pequeños dolores a los suyos en el Calvario.  No es gran cosa, pero así lo cumplimos en cada misa al unirnos con ellos en la ofrenda de Cristo en el altar.

En fin, si ninguna oración nos sale, acudamos al Rosario, que es repasar, acompañados por la Virgen, el Evangelio.  Y vayamos con frecuencia a Misa, que como oración, es la mejor de todas.  Es Cristo mismo que se ofrece al Padre e intercede por nosotros.