Fray Alejandro Murillo tiene 37 años de edad. Actualmente cursa Teología en Monterrey, Nuevo León, y es fraile franciscano desde el 2013. Nació en Jerez, Zacatecas, dentro de una familia de dos hermanos y tres hermanas; su vida se desarrolló dentro de la cotidianidad; la catequesis infantil para él fue normal. Igual que otros jóvenes se cuestionaba sobre la vida y después de conocer de San Francisco de Asís y la vida de los frailes inicia el proceso de cercanía a la vida de los frailes y decide dar el sí perpetuo a la vida monástica y convertirse en uno. El Observador de la Actualidad conversó con él.

Por Mary Velázquez Dorantes

¿En qué momento deseas convertirte en fraile franciscano?

▶ Yo mismo no sabía que estaba buscando a Dios; de hecho, me sentía muy feliz con la vida que llevaba. Creo que vivía el talento de la música como un gran talento que Dios me había dado, pero como todo joven pasé por crisis existenciales que me hacían preguntarme sobre la plenitud de la vida. Entonces otro amigo que también se dedicaba a la música me comenzó a hablar de los ejercicios espirituales de los frailes franciscanos. Actualmente a mí me falta un año y medio para ser ordenado sacerdote franciscano. Entonces imagínate como ha sido el llamado.

Mi familia era común. Curiosamente fui educado en el seno de la vida católica, y en estas curiosidades, cuando fui niño, mi parroquia era la de San Francisco de Asís. Pero no fue una determinante en este proceso. Me preguntaba qué estaba haciendo con mi vida y este amigo me acercó a los franciscanos. Yo buscaba en todo, pero al mismo tiempo no buscaba en Dios, y creo que el Señor tiene sus caminos de forma muy particular.

Quiero aclarar que no sabía nada de San Francisco y mi vida era muy parecida a la suya, y me conmueve la vida del santo. Me abrí totalmente a Jesús y después un año me acerqué al seguimiento vocacional, y así decidí convertirme en fraile y tomar el hábito profesando los votos de forma perpetua, para toda la vida. Es una respuesta que se va haciendo todos los días, con mucho esfuerzo y con mucha oración.

¿Cuáles han sido tus experiencias más significativas como fraile franciscano?

▶ Mis experiencias más significativas dentro de la vida monástica han sido muchas; sin embargo, considero que la minoridad ha sido la gran vivencia, y estoy diciendo mucho, porque implica la pobreza. El servicio, el trabajo y toda nuestra vida como frailes franciscanos implica minoridad y fraternidad. Cuando uno como fraile no está abierto al servicio, a que el otro sea uno con nosotros, es cuando puede haber problemas. Nosotros estamos llamados a estar abiertos, a que el otro pueda habitar en uno, y es cuando Cristo habita en nosotros; el ser hermano es un don de Dios y se hace parte del proyecto franciscano.

Otro factor de riqueza que encuentro como fraile franciscano es el cántico que hace San Francisco al final de sus días, el canto a las criaturas: el hermano sol, hermana luna, hermano aire, que son regalos del Señor, y estamos invitados a participar como criaturas y no como dominadores de la Creación.

Si lo ves con una visión de fe, todo es más fácil: tenemos que estar en oración y soportar al hermano, pero no desde la perspectiva de tolerar, sino de ser soporte, convertirnos en la columna que da fuerza a nuestros hermanos, y está visión es de aceptar al otro; la tolerancia va implícita pero no es una cuestión, sino más bien es aprender a caminar con el hermano hacia la santidad.

¿Cómo podemos inyectar a las nuevas generaciones el deseo por la vida consagrada?

▶ Creo que a través de mucha oración de parte de todos los que estamos ya consagrados. También desde la oración de todos aquellos que tenemos un papel activo dentro de la Iglesia: orar por la vida consagrada, por las vocaciones sacerdotales y las vocaciones religiosas; orar es nuestro papel, tenemos que orar al Espíritu Santo y confiar en Él, porque la confianza en Él nos ha demostrado cómo actúa y cómo se logran maravillas.

También creo que la vida en testimonio fortalece el deseo por ser imitada, el testimonio se da como fruto de la oración. Cuando estamos orando con nuestra forma de vida y pedimos por las vocaciones, es cuando podemos dar el testimonio que jala a los jóvenes hacia una vida consagrada. Pero estas dos palabras son radicales: oración y testimonio. La vida religiosa es muy hermosa, es una forma de unión con Dios. Yo les digo a los jóvenes que, cuando nazca la inquietud, acérquense a quienes estamos viviendo la vida religiosa; nosotros estamos viviendo a través de la unión consagrada con Dios.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 19 de enero de 2020 No.1280