Por Sergio Ibarra

En 1983 Paul Watzlawick publicó un libro: El arte de amargarse la vida. Trata sobre las muy distintas formas en que uno puede terminar por echar a perder su vida.

Uno de los cuestionamientos que este pensador se hace es tan simple y tan profundo como: ¿qué puede esperarse de un hombre? Una buena parte de la literatura universal nos inspira desconfianza. Desgracias, tragedias, catástrofes, crímenes, pecados, delirios, peligros, son temas de muchas de las grandes creaciones. Y plantea aún con más aventura: ¿qué seríamos o dónde estaríamos sin nuestro infortunio? ¿Serán los infortunios lo que ha inspirado a los grandes líderes de la ciencia o de la política?

Es probable, al estudiar las biografías de los talentos más trascendentes de la historia, que provengan de algún infortunio o de un nacimiento en una situación precaria o de una vida que les llenó de soledad y tristeza que les impulsó a llegar a ser seres destacados en sus quehaceres.

El planteamiento de la amargura que hace el autor tiene que ver con la regla «quien escucha, su mal oye». Y aquí está el punto: es de todos conocido pero difícil de comprender y por ello de perfeccionar, que uno puede generar desdicha ante el retiro total de su propia conciencia. ¡Qué fácil es reprochar a los demás! Desde un: «no me quieres», «no me aprecias», hasta «qué clase de intenciones tienes» o «por qué no me promovieron», o suponer que el mal tiempo es culpa de quién sabe quién. ¿Podemos llegar a convertirnos en nuestros propios contrarios en la lucha diaria?

El punto de partida de la amargura está en el momento en que alguien sugiere algo y lo rechazamos, sin pararnos a escucharle, trátese de un subordinado o un compañero en el trabajo o de un pariente o de un amigo o nada más de alguien con quien nos topamos por ahí. Y peor si se trata de alguien a quien podemos descabezar su idea o dejarlo sin empleo.

¿Por qué nos resulta tan difícil hacer tablas, como en el ajedrez, en la vida? La amargura viene en buena medida de la sed insaciable de pasarles por encima a los demás. La única forma de resolverlo tiene que ver con la confianza y la tolerancia en y hacia el prójimo.

En la medida en que veamos a los demás con los lentes de la desconfianza y la soberbia, se hará más probable que no sólo se nos arrugue el rostro sino también el alma.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 26 de enero de 2020 No.1281