Los sermones de San Bernardo de Claraval (1090-1153) sobre los doce grados de la humildad de san Benito de Nursia, quedaron en su primera obra publicada, el Tratado sobre los grados de humildad y orgullo. Recientemente, monseñor Charles Pope, párroco en Washington, D.C. y conferenciante en todo Estados Unidos, donde es un influyente creador de opinión en el ámbito católico, ha consagrado a esta obra de San Bernardo un post de su blog, resumiendo los doce pasos que pueden llevarnos sin darnos cuenta desde rasgos casi triviales de orgullo a las peores muestras de soberbia.

Curiosidad

Hay una curiosidad sana, dice monseñor Pope, pero a menudo profundiza «donde no debería»: los asuntos de los demás, temas privados, situaciones pecaminosas, etc. ¿Cuál es el vínculo entre la curiosidad y el orgullo? «Que pensamos que tenemos derecho a saber cosas que no tenemos derecho a saber».

 Ligereza de pensamiento

Son necesarios momentos de relajación para hablar de deportes o de cine o de música. «Pero, con demasiada frecuencia, eso es lo único que hacemos, y dejamos de lado asuntos que deberíamos abordar seriamente. Al ignorar o trivializar las cosas serias que hacen referencia a la eternidad y dedicarnos solo al entretenimiento y las cosas pasajeras». ¿Por qué esto es orgullo? Porque «dejamos de lado lo que es importante para Dios y lo sustituimos por nuestras fútiles prioridades».

 Vana alegría

Es el paso siguiente que transforma la ligereza de pensamiento en «comportamientos frívolos» que enfatizan las experiencias banales en detrimento de las más profundas. Hay que ser rico en las experiencias «que le importan a Dios», y no dar facilidades a que nuestro orgullo «maximice lo inferior y minimice lo superior».

 Jactancia

La jactancia consiste en «hablar y pensar de uno mismo mejor de lo que es verdadero y razonable». Hay que apreciar los dones recibidos, pero sin olvidar que son dones recibidos, esto es, «Dios nos los da y los demás nos ayudan a desarrollarlos».

 Singularidad

«Olvidamos nuestra dependencia de Dios y de los demás, y quiénes y qué somos». El prelado norteamericano ubica aquí esa idea falsa del self-made man u hombre hecho a sí mismo. Empezamos a creer que las cosas son como creemos que son: «Aferrados solo a nuestra propia opinión, descartamos las evidencias de la realidad, dejamos de buscar la información y el consejo de los demás… Nuestro mundo se hace cada vez más singular, centrado cada vez más solo en nuestro propio yo».

 Arrogancia

«Vemos fácilmente las faltas de los demás y ninguna en nosotros mismos. Empezamos a compararnos favorablemente con los demás: ‘Yo no soy como esas prostitutas o como esos traficantes de droga’. Pero nuestro modelo no son las prostitutas y los traficantes, sino Jesús», recuerda Pope. En vez de compararnos con Él y pedir misericordia, nos comparamos con otros a quienes miramos por encima del hombro, abriendo camino al orgullo.

 Presunción

«Es orgullo pensar que ya tenemos lo que no tenemos todavía. Dejamos de lado la Palabra de Dios, que nos pide vernos como mendigos de la ayuda de Dios, y no como ya poseedores del título de la gloria celestial».

 Justificación del mal

«Puedo salvarme por mí mismo, pero, la verdad, tampoco necesito demasiada salvación». Puedo auto-justificarme, es decir, en sentido literal, salvarme a mí mismo, lo que significa que «haré lo que yo quiera y yo decidiré si está bien o mal».

 Hipocresía

En griego, hipócrita significa «actor». Reconocer las propias faltas y considerarse pecador es propio de la humildad, pero cuando el hombre orgulloso lo hace «solo está actuando», dice Pope, más para lograr el reconocimiento social que por que tenga una contrición o arrepentimiento reales.

 Rebelión

«Rebelarse significa renunciar a la lealtad o a cualquier sentido de la rendición de cuentas ante Dios o de la obediencia a Él, a su Palabra o a su Iglesia. Es orgulloso rechazar cualquier autoridad y actuar de forma directamente contraria a lo que ordenan rectamente las autoridades legítimas».

 Libertad en la viciosa complacencia

En este punto, el orgullo se acerca a su punto máximo, porque «afirma con arrogancia que se siente totalmente libre para hacer lo que le plazca. El hombre orgulloso rechaza cada vez más toda restricción o límite». «En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es esclavo» (Jn 8, 34), dijo Jesús: el orgulloso se hunde tanto más profundamente «en la adicción y la esclavitud» cuanto más alto proclama su absoluta libertad para obrar a su capricho.

 Hábitos de pecado arraigados

Es «la flor más plena y más fea del orgullo», dice Pope: «El pecado habitual y la esclavitud a él». Como lamentaba San Agustín en las Confesiones (VIII, 5): «Mi voluntad perversa se hizo pasión, la cual, servida, se hizo costumbre, y la costumbre no contrariada se hizo necesidad».

Con información de Religión en Libertad

Publicado en la edición impresa de El Observador del 23 de febrero de 2020 No.1284