Por Jaime Septién

Un fantasma recorre todo el planeta: el miedo. Hace tiempo leí en un ensayo de Marc Augé: hoy le tenemos más miedo a vivir que a morir. La afirmación puede parecer exagerada, pero la amenaza global de las nuevas enfermedades nos paraliza y nos avienta a un rincón. Hace que la libertad de vivir y con-vivir se vaya haciendo chiquita. Minúscula, encerrada entre cuatro paredes. Y que los que se enriquecen con el miedo (léase los líderes políticos y económicos del mundo) ensanchen su poder.

¿Tenemos que cuidarnos del coronavirus? Evidentemente. Pero no a costa de renunciar a vivir en comunidad. Más aún, los católicos. Cuando los tiempos de la influenza hubo incluso deserción en los templos. Bancas vacías, personas que preferían quedarse en casa, resguardadas y «seguras», sin «arriesgarse» a ser contagiadas por los demás asistentes a la Eucaristía. Estoy seguro que si los citara el gobernador a un evento con igual número de gente pero en palacio, irían gustosos.

El miedo nos ciega y nos invita a tomar decisiones egoístas. Sin juzgar (cada quien es libre de responder en conciencia a la vida comunitaria y a la vida de la fe), solo se es buen ciudadano y buen cristiano si se da la mano (en sentido figurado y en sentido directo) al más débil, al que está al lado y nos necesita; al que nos puede contagiar… Jesús nos lo enseña así. Y el Papa Francisco.

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Publicado en la edición impresa de El Observador del 2 de febrero de 2020 No.1282