San Andrés el Simple: «Me vi en el Paraíso»

«Por el permiso Divino, permanecí dos semanas en una dulcísima visión. Me vi en el Paraíso y me maravillaba de la inefable belleza de ese hermoso y magnífico lugar. Había muchos jardines con altos árboles, que se mecían alegrando mi vista, y de sus ramas salía un agradable perfume. Estos árboles, por su belleza, no se parecían a ningún árbol terrestre. En estos jardines había innumerables pájaros con alas doradas, blancas y multicolores…, y cantaban tan bien que, por su dulce cantar, yo me olvidaba de mí mismo.

«Después me pareció que estaba parado en la cima del cielo, y delante de mí caminaba un joven, con el rostro como el sol y vestido de púrpura… El joven me dijo: ‘No temas, debemos subir más alto’, y me dio su mano. Me agarré de ella, y nos encontramos ya más alto que el segundo cielo. Allí vi a magníficos hombres y su alegría es inexpresable en el lenguaje humano.

«Nos elevamos hasta más alto que el tercer Cielo. Vi allá a numerosas fuerzas celestiales cantando y alabando a Dios. Nos acercamos a una cortina que brillaba como el relámpago. Delante de ella estaban parados unos jóvenes parecidos a llamas, y me dijo el joven que me guiaba: ‘Cuando se abra la cortina, verás al Señor Jesucristo. Entonces saluda al altar de Su Gloria…’. Y en esto una mano de fuego abrió la cortina y yo, a semejanza del profeta Isaías, vi al mismísimo Señor sentado en el trono alto y elevado, y los serafines volando alrededor de Él. Sus vestiduras eran de púrpura, Su rostro irradiaba luz y Él me miraba con amor. Viendo esto, me prosterné delante de Él, saludando al Trono de Su Gloria.

«No se puede expresar con palabras toda la alegría que me embargaba al contemplar Su rostro. Hasta ahora, cuando recuerdo esta visión, me lleno de indescriptible alegría».

Los tres cielos que describió santa Francisca Romana

Le fueron mostrados a santa Francisca Romana los tres cielos, que entonces solían designarse así: estrellado, cristalino y empíreo.

El cielo estrellado tenía un esplendor desconocido y no imaginado. Por encima del estrellado, el cielo cristalino tenía mucho mayor esplendor que el primero. Vio el Cielo empíreo mucho más elevado sobre el cristalino que éste sobre el estrellado. Su inmensidad y magnificencia eran inimaginables.

Las almas de los bienaventurados eran iluminadas por rayos salidos de las llagas del Salvador. Las de los pies iluminaban a los que amaron, y la del costado a los que amaron con más profunda pureza.

Santa Faustina Kowalska: «Vi lo grande que es la felicidad en Dios»

«Hoy, en espíritu, estuve en el Cielo y vi estas inconcebibles bellezas y la felicidad que nos esperan después de la muerte.

Vi cómo todas las criaturas dan incesantemente honor y gloria a Dios; vi lo grande que es la felicidad en Dios que se derrama sobre todas las criaturas, haciéndolas felices; y todo honor y gloria que las hizo felices vuelve a la Fuente y ellas entran en la profundidad de Dios, contemplan la vida interior de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nunca entenderán ni penetrarán.

«Esta fuente de felicidad es invariable en su esencia, pero siempre nueva, brotando para hacer felices a todas las criaturas. Ahora comprendo a san Pablo que dijo: Ni el ojo vio, ni oído oyó, ni entró al corazón del hombre, lo que Dios preparó para los que le aman’….

«Dios en su gran majestad, es adorado por los espíritus celestiales, de acuerdo con sus grados de gracias y jerarquías en que son divididas…

«Oh, Dios mío, qué lástima me dan los hombres que no creen en la vida eterna; cuánto ruego por ellos para que los envuelva el rayo de la misericordia y para que Dios los abrace a su seno paterno».

Santa Teresita del Niño Jesús y el Cielo

Enferma y muy próxima a su muerte, santa Teresita del Niño Jesús mencionó las siguientes cosas en sus últimas conversaciones:

  • «Si cuando esté en el Cielo no puedo volver a la Tierra para haceros algunas ‘bromitas’, me iré a llorar a un rincón».
  • «Seguro que lloraré al ver a Dios… Pero no, en el Cielo no se puede llorar. O sí, ya Él mismo ha dicho: ‘Enjugaré las lágrimas de vuestros ojos’».
  • «En el Cielo alcanzaré muchas gracias para todos los que me han ayudado».
  • «¡Santa Pobreza! ¡Qué curioso, una santa que no irá al Cielo!».
  • «Dios tendrá que satisfacer todos mis caprichos en el Cielo, porque yo no he hecho nunca mi voluntad aquí en la Tierra».
  • «No penséis que cuando esté en el Cielo os dejaré caer alondras asadas en el pico… No es eso lo que yo he tenido ni lo que he deseado tener. Quizás tengáis grandes pruebas, pero os enviaré luces que os las harán apreciar y amar».
  • «No puedo pensar mucho en la dicha que me espera en el Cielo; sólo una esperanza hace ya palpitar mi corazón, y es el amor que recibiré y el que yo misma podré dar».