San Pablo describe el Cielo como lo que “ni ojo vio, ni oído oyó, ni por mente humana han pasado las cosas que Dios ha preparado para los que lo aman” (I Corintios 2, 9).

De hecho, san Pablo tuvo una experiencia celestial. Apunta: “Sé de un cierto creyente, el cual hace catorce años fue arrebatado hasta el tercer Cielo. Si fue con el cuerpo o fuera del cuerpo, eso no lo sé, lo sabe Dios. Y sé que ese hombre —sea con cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe— fue arrebatado al Paraíso, donde oyó palabras no habladas y que nadie sabría expresar” (II Corintios 12, 2-4).

Que habla de sí mismo se deduce en los versículos que le siguen: “Podría sentir orgullo pensando en ése, pero en cuanto a mí, sólo me gloriaré de mis debilidades. Si quisiera gloriarme, no sería locura, pues diría la verdad. Pero me abstendré, para que nadie se forme de mí una idea superior a lo que ve u oye decir de mí. Y precisamente, para que no me pusiera orgulloso después de tan extraordinarias revelaciones, me fue clavado en la carne un aguijón, verdadero delegado de Satanás, cuyas bofetadas me guardan de todo orgullo” (II Corintios 12, 5-7).

El hecho es que no hace una descripción del Cielo, al cual, siguiendo un concepto judío surgido en la época del Segundo Templo, lo llama “tercer Cielo”, que se refiere a la morada de Yahveh.

A diversos santos, místicos y hasta a algunas personas comunes les ha sido revelada alguna visión del Cielo, pero los testigos siempre se enfrentan con lo mismo: el Cielo es tan maravilloso que resulta inimaginable e inexpresable con palabras humanas.

La mayoría de las imágenes con la que se le compara o describe tienen que ver con hermosos jardines, o con la majestuosa ciudad celestial nominada “Nueva Jerusalén” y la vida en ella, descritas en el capítulo 21 del Apocalipsis.

Más que la descripción física del lugar, lo que importa es la condición del alma en el Cielo. A Anathalie Mukamazimpaka, vidente de la Virgen en Kibeho, le fue mostrado el Paraíso; ella describe a sus moradores como “abrumadoramente felices”, y agrega: “Basta decir que no hay una alegría semejante que conozcamos en la Tierra; es rara y sagrada”. Y santa Faustina Kowalska vio que dicha felicidad “es inmutable en su esencia, pero siempre es nueva”.

La buena noticia es que, en el plan de Dios, todo ser humano fue creado para llegar al Cielo: “Vengan, benditos de mi Padre, y tomen posesión del Reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del mundo” (Mateo 25, 34). Pero quien no trabaje por su salvación (cfr. Filipenses 2, 12) podría terminar en el “fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y para sus ángeles” (Mateo 25, 41).

TEMA DE LA SEMANA: LA MUERTE Y EL MÁS ALLÁ: PREGUNTAS CON RESPUESTA

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 21 de noviembre de 2021 No. 1376