Cada día domingo, con el Himno del Gloria, se proclama: «Sólo Tú eres Santo; sólo Tú, Señor; sólo Tú, Altísimo Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre». Eso mismo enseña el libro del Apocalipsis: «¿Quién no temerá, Señor, y no glorificará tu Nombre? Porque sólo Tú eres Santo…» (Ap 15, 4).

Así, por naturaleza, la santidad es propia y exclusiva de Dios; pero, a la vez, Él es la fuente de santidad para los seres humanos que atienden a su llamado: «Sed santos, porque Yo soy Santo» (I Pe 1, 16).

EL MÁS GRANDE

Por supuesto, María, la Madre de Dios, es la criatura más santa que existe y que existirá. Por algo la Iglesia la llama «Santísima». Pero, respecto del resto de los santos, ¿cuál es el más grande?

El Señor ha manifestado su amor, poder y sabiduría de maneras asombrosas a través de diversos santos, como san Patricio, santa Catalina de Siena, san Martín de Porres, santa Solange o san Pío de Pietrelcina, por mencionar unos cuantos.

Sin embargo, en la Iglesia se considera que san José es el santo más grande después de la Virgen María. Sería un error querer medir tanto su santidad como su papel en los planes de Dios por el escaso lugar que ocupa en el Nuevo Testamento, ya que no se le menciona más que unas pocas veces.

Más bien los textos del Evangelio relativos a san José están repletos de tesoros ocultos; y, entre más se les medita, más cosas maravillosas se van descubriendo.

EL SANTO DEL SILENCIO

A pesar de que el Evangelio muestra al Cielo dando órdenes a san José, y a éste obedeciendo al instante, no se recogió ni un sola frase salida de la boca de este santo, aunque es muy probable que, efectivamente, no hubiera dicho nada. Por algo se ha ganado el mote del «santo del silencio».

La vida simple y pobre que eligió este descendiente del rey David, alejándose de toda clase de honores, denota ya de por sí en san José una tremenda humildad, la cual es el secreto de la auténtica santidad: «Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Lc 14, 11).

Y si a eso se agrega que Dios Padre lo eligió para confiarle el cuidado de sus dos más grandes Tesoros —Su Hijo encarnado y la Virgen María—, entonces sólo es posible concluir que san José ya era un verdadero hombre Dios, pues sólo así podía ser capaz de cumplir una misión de tal responsabilidad y privilegio.

El Evangelio define a san José como un «hombre justo» (Mt 1, 19), es decir, santo.

CRECIÓ EN SANTIDAD

Pues bien, si antes de ser llamado a desposar a la Virgen María ya era santo, tras convertirse en cabeza visible de la Sagrada Familia, no podía esperarse otra cosa sino que creciera aún más en santidad, viviendo permanentemente al lado y al servicio de Dios Hijo y de la Virgen Santísima.

Explica León XIII en su encíclica Quamquam pluries, dedicada a la devoción a san José, que, como este santo «es el esposo de María y padre putativo de Jesús», entonces «de estas fuentes ha manado su dignidad, su santidad, su gloria. Porque entre la Santísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que… si Dios ha dado a José como esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida… sino también para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella».

UNA CONFIRMACIÓN

En más de una ocasión, en casos de exorcismos, los demonios son obligados por Dios a hablar la verdad; por ejemplo, cuando el sacerdote exorcista les hace decir su nombre, cuándo entraron y por qué entraron en el poseso; y, aunque los ángeles caídos intentan resistirse, finalmente tienen qué obedecer.

Pues bien, a veces la verdad que los demonios han tenido que decir tiene sorprendentes connotaciones teológicas, eclesiológicas, marianas, etcétera. Sobre san José, en una de las sesiones del exorcismo hecho a Antoine Gay en el siglo XIX, ante la presencia de presbíteros y hasta obispos franceses, un demonio llamado Iscarión fue obligado por el Cielo a decir: «San José tiene la segunda plaza [entre las criaturas]. Él está al lado de María Nuestra Señora y por encima de los serafines».

D.R.G.B.

TEMA DE LA SEMANA: Todos los santos reunidos en él

Publicado en la edición impresa de El Observador del 15 de marzo de 2020 No.1286