Con estas palabras inicia la carta Samaritanus Bonus, las que, como es tradicional en los documentos eclesiásticos, le dan su título:

“El Buen Samaritano que deja su camino para socorrer al hombre enfermo (cfr. Lc 10, 30-37) es la imagen de Jesucristo que encuentra al hombre necesitado de salvación y cuida de sus heridas y su dolor con ‘el aceite del consuelo y el vino de la esperanza’. Él es el médico de las almas y de los cuerpos y ‘el testigo fiel’ (Ap 3, 14) de la presencia salvífica de Dios en el mundo”.

Y explica que, ante los desafíos “capaces de poner en juego nuestro modo de pensar la medicina, el significado del cuidado de la persona enferma y la responsabilidad social frente a los más vulnerables, el presente documento intenta iluminar a los pastores y a los fieles en sus preocupaciones y en sus dudas acerca de la atención médica, espiritual y pastoral debida a los enfermos en las fases críticas y terminales de la vida”.

Agrega que “todos son llamados a dar testimonio junto al enfermo y transformarse en ‘comunidad sanadora’ para que el deseo de Jesús, que todos sean una sola carne, a partir de los más débiles y vulnerables se lleve a cabo de manera concreta”, y señala que se percibe “la necesidad de una aclaración moral y de una orientación práctica sobre cómo asistir a estas personas” que se encuentran “en las etapas más delicadas y decisivas de la vida”.

TEMA DE LA SEMANA: EL BUEN SAMARITANO LO ES HASTA EL FINAL

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 4 de octubre de 2020. No. 1317