Por Arturo Zárate Ruiz

-Basta que seamos buenos para ir al Cielo—, proclaman quienes no sólo se niegan a ir a Misa los domingos sino que se niegan también a cualquier pertenencia o práctica religiosa. Pregonan, además, que su “indudable” bonhomía (pagan sus impuestos, no han matado aun al vecino, riegan sus plantitas, le dan comida gurmé a su minino) debería ser la alternativa de muchos católicos quienes, metidos aun en la sacristía, cometen, “hipócritas”, una y otra vez pecados gordos.

Hay que advertirles que no bastan sus propios méritos, y por varias razones.

La primera es que no somos del todo buenos. Cargamos ya al nacer la mancha del pecado original. Aunque fuésemos un primor, hay al menos una propensión mínima en nuestra naturaleza caída a cometer lo malo, digamos, el con malicia alegrarnos (aunque sea muy por dentro) cuando el sabelotodo de la escuela tropieza y cae de bruces al suelo.

—¡Ja!—nos burlamos.

Sin quitar esa mancha y esa propensión, no podríamos ser aceptados en el Cielo donde se nos pedirá “Sed perfectos, como mi Padre es perfecto”. En términos de Edward A. Murphy, ingeniero en aeronáutica, “Si algo malo puede pasar, pasará”, por lo cual, desde su perspectiva ingenieril no aprobaría el vuelo de ningún avión que tuviese posibilidades de fallar: fallaría tarde o temprano. ¿Cómo entrar en el Cielo si todavía tenemos posibilidades de desbarrar?

Otra razón sería que, aunque fuésemos perfectísimos siempre, no podemos entrar a una casa que no es nuestra sin invitación. Y el Cielo, casa de Dios, no es nuestro. Para ir allí tenemos que ser invitados por su dueño. De hecho, los paganos jamás supusieron que, aunque fuesen querubines, su destino, al morir, fuese el Olimpo. Era el Inframundo.

Para bien, ya el “Dueño” nos ha hecho esa invitación al Cielo a través de su Hijo, es más, a través de su Hijo, que es perfecto, podemos revestirnos de perfección si nos incorporamos a su Cuerpo Místico que es la Iglesia. Para ir al Cielo, pues, debemos acoger dicha invitación, revestirnos con la gracia de Nuestro Señor, al menos con el “bautismo de deseo” (el de aquéllos que sin culpa no han recibido el Evangelio y, no obstante, responden y buscan al Señor), y el permitir que esa gracia dé frutos de amor, según lo ordenó Jesucristo.

Todo esto tiene algunas implicaciones que quiero resaltar.

La primera consiste en entender que la invitación, aunque personal, se extiende a más hombres que uno mismo. Se extiende a todas las naciones. La Buena Noticia, pues, no es para que la guardemos nosotros muy escondida. Jesús nos manda anunciarla a nuestros vecinos, es más, a todos los pueblos: decirles que la Salvación nos ha sido dada, de tal modo que iremos al Cielo no cada uno en soledad, sino juntos como pueblo santo, si aceptamos la invitación de Nuestro Señor. Que presuntuosos creamos que un tipo no cristiano, por ser más bueno que la madre Teresa de Calcuta se salvará por sus propios méritos, aun cuando fuere así (que no lo sería), no quita la gran alegría que tendrá al escucharnos y saber que Dios lo ama a tal punto que murió por él para llevarlo consigo al Paraíso.

La segunda es acoger la gracia que Cristo nos ofrece para, incorporados así a su Cuerpo, seamos perfectos como Él lo es. Esto lo podemos lograr escuchando su Palabra y recibiendo sus Sacramentos, el primero de ellos el Bautismo, y, entre otros, la Reconciliación, para recuperar esa gracia cuando hubiésemos pecado. Asistir a Misa al menos cada domingo es necesario para perseverar en dicha gracia, aunque nos tilden de “ratones de sacristía”.

Una tercera implicación consiste en advertir que, para que la gracia que recibimos dé frutos de amor, debemos negarnos a nosotros mismo, tomar y cargar nuestra cruz, y acompañar a Jesús al Calvario. Él nos dice: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto”. Y añadió: “El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna”.

Y precisa: “el que de ustedes quiera ser grande, que se haga el servidor de ustedes, y si alguno de ustedes quiere ser el primero entre ustedes, que se haga el esclavo de todos”.

Pero el amor no exige sólo servir a los demás, sino también muchas renuncias, algunas radicales: “Hagan como el Hijo del Hombre, que no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos”. Tenemos la oportunidad nosotros de dar nuestra vida, al menos, con renuncias pequeñitas, como, por cuidar de nuestros hijos, privarnos de muchas diversiones, o, por atender a un enfermo, aguantar el hedor de sus heridas. Pero ¡qué es eso si así nos incorporamos a Cristo y, por Él, con Él, y en Él ganamos así el Cielo!

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 21 de marzo de 2021 No. 1341