Por Jaime Septién

El catecismo nos entró, a los de mi generación, por la vía de repetir los postulados esenciales de la fe cristiana. “Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar…”. Era una manera ingenua de penetrar en los misterios de nuestra religión.

Hoy, con la explosión mundial de las comunicaciones, es difícil cuando no imposible usar ese método con los niños y los jóvenes, aún con los catecúmenos. La idea esbozada por los últimos Papas es que el catecismo tiene que integrarse al lenguaje y ser un estudio continuo, sin tregua, a la edad que se tenga.

La razón es obvia: en una sociedad cambiante, vertiginosa, líquida, las “verdades” no duran, o duran poco. Y hay que estar preparados para distinguir –como diría el poeta Machado– el valor del precio.

Dicho de otra manera, solo lo que se integra como forma de ser en el mundo (y eso es a partir del lenguaje) es capaz de responder a los desafíos de la realidad virtual. Enseñarnos a discernir lo que construye; a encontrar el bien y a rechazar el mal, requiere una catequesis sin nostalgias del pasado. Repetir era bueno cuando no había Internet. Hoy se trata de integrar al alma y a la mente; al corazón y a la memoria en un mismo fin: ser hombres y mujeres para los demás. Reflexión y acción social. La catequesis tiene más recursos. Hay que usarlos. Pronto.

TEMA DE LA SEMANA: “CATEQUESIS EN PANDEMIA: UNA OPORTUNIDAD DE LOS PADRES DE FAMILIA PARA HACER CRECER LA FE”

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 25 de abril de 2021 No. 1346