Ocurrió en junio de 2019. Un chico de 17 años, Ben Foster, de Lincoln County, Missouri (EU), iba caminado con sus amigos sobre un sendero en el parque estatal del río Cuivre cuando perdió el equilibrio cerca de un acantilado de casi 37 metros. Sin embargo, sólo se precipitó unos 15 metros porque una rama detuvo su caída. Él dice: “Sentí que Dios me agarró y me tiró fuerte”.

Tanto él como su madre llevan todo el tiempo una Cruz al cuello, y para ninguno de los dos hay duda de que Dios lo salvó. Él, no tiene reparos en dar testimonio de su fe contando lo que hizo al verse en peligro de muerte: “Agarré mi Cruz y comencé a orar”.

Los amigos dieron la voz de alarma, y los bomberos rescataron al chico usando un sistema de cuerdas. Y aunque todos esperaban que tuviera una lesión cerebral o en el cuello, y que quizá nunca más volviera a caminar, lo cierto es que Ben Foster sólo se rompió una clavícula y tuvo cortes menores y moretones.

Velo sí, Cruz no

Un adolescente de 15 años, de Suecia, que prefirió que su nombre permaneciera anónimo cuando los medios de comunicación conocieron su historia, acostumbra a llevar un crucifijo al cuello, como símbolo de su fe en Jesucristo.

Pero sucedió que, en octubre de 2020, en su escuela iban a sacar fotografías grupales. Y, mientras a los otros se les permitió llevar símbolos religiosos, a él no.

Por ejemplo, a las estudiantes musulmanas se les dio permiso de aparecer en la fotografía escolar con sus respectivos velos, que son parte de su religión. En cambio, a él le indicaron que debía quitarse su Cruz porque podría ser “ofensiva” para los demás.

El testimonio de este quinceañero ya era innegable por el hecho de portar a diario la Cruz, a pesar de que en casi todos los países de la Europa son cada vez más frecuentes las agresiones contra los alumnos que aman a Jesús, porque no son tolerados por los migrantes y sus hijos que profesan la religión islámica. Pero el chico también dio testimonio al atreverse a denunciar la injusticia de que estaba siendo objeto.

Al final, el director de la escuela decidió culpar a la fotógrafa por el incidente discriminatorio.

A contraflujo en una manifestación

En agosto de 2019, en Plock, Polonia, haciendo uso de su derecho a la libertad de expresión, unas mil personas marcharon por la calle en favor del estilo de vida sodomita. Y un jovencito católico de 15 años, Jakub Baryła, también haciendo uso de su derecho a expresarse, realizó un gesto que pocos se atreverían.

Se inspiró en un gesto similar, realizado 99 años antes por el sacerdote Ignacy Skorupko, durante la batalla de Varsovia contra los bolcheviques. Aquella ocasión era el 14 de agosto de 1920, y el sacerdote de Cristo, capellán del ejército polaco, se puso al frente de la batalla, acompañando a los soldados de su país y sosteniendo en lo alto una Cruz para alentarlos.

Jakub Baryła, por su parte, pidió prestado un crucifijo en una parroquia y lo sostuvo en alto, en medio de la calle, a contraflujo de los manifestantes.

De momento abandonó esta idea “debido a las consecuencias sociales. Tenía miedo de cómo reaccionarían las personas”; pero considerando que Jesús y la Cruz se levantaron contra el mal y los pecados, y que la santa fe cristiana manda contrarrestar las malas acciones, finalmente la llevó a cabo al ver que los manifestantes portaban un icono blasfemo de Nuestra Señora de Częstochowa.

“Yo quería —cuenta Jakub—que tantas personas como fuera posible vieran mi gesto. Quería hacerlos reflexionar y dialogar. Primero caminé con la Cruz en la mano frente al cordón policial. Luego me senté en la acera y recé en latín la Salve Regina”. Luego la policía lo quitó del camino.

“No pensé en el miedo. Estaba concentrado en la Cruz que sostenía. Soy católico, así que me concentré en Dios, que me da fuerzas. Tengo la impresión de que Dios me estaba dirigiendo”.

 

TEMA DE LA SEMANA:  «LA CRUZ: EL TEJIDO DE NUESTRA VIDA»

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 2 de mayo de 2021 No. 1347