Por Jaime Septién

Francesc Torralba (Barcelona, 1967), filósofo, teólogo, pedagogo, es una de las mentes más brillantes de la actualidad hispanoamericana.

Profesor en la Universidad Ramon Llull, conferencista y escritor de más de cien libros, es miembro del Comité Científico del Consorcio Católico de Aleteia que busca orientar a la comunidad católica sobre la vacuna de la Covid-19.

Durante la pandemia –cuando la humanidad se encontraba en vilo, haciéndose preguntas sobre el futuro—Torralba, en la mejor tradición de la filosofía, escribió Vivir en lo esencial (Plataforma Editorial, 2020), texto en el que se destaca que “las crisis son ocasiones para auditar nuestra forma de vida y abordar el futuro desde una nueva mentalidad”.

Y se pregunta este libro (lo mismo que le preguntamos a continuación): “Sabemos que cuando esto pase nada será igual. ¿Y si fuese mejor?”

El mundo contempla una carrera trágica para vacunar a personas contra la Covid-19. Y digo “trágica” porque, mientras en los países ricos la vacunación va a un ritmo acelerado, en África no hay vacunas. ¿Qué nos demuestra esto?

La gran asignatura pendiente de nuestro planeta es la justicia distributiva.

Mientras algunos ciudadanos del mundo gozaban de un Estado de Bienestar y podían ser atendidos en hospitales públicos, sin coste alguno, otros no tenían ninguna opción y solo podían ser atendidos si disponían de recursos económicos privados.

La injusticia estructural clama al cielo, pero lo dramático es que se trata de una pandemia y todo está interconectado, lo que significa que para conseguir la inmunidad de rebaño es imprescindible vacunar a toda la población mundial, lo cual es una tarea sin precedentes en la historia de la humanidad, un examen de primer orden.

En este panorama, ¿qué se debe hacer –y quién podría liderar este movimiento?

Debe ser un órgano de naturaleza internacional capaz de articular una política global en coordinación con las grandes compañías farmacéuticas. La ONU sería el actor principal.

Se debe crear un sistema de solidaridad interno que haga posible esta justa distribución, tiene que darse una implicación a fondo de las compañías farmacéuticas en el desarrollo de su responsabilidad social a nivel global.

No cabe duda de que la investigación tiene un coste, como también lo tiene la distribución de la vacuna a todos esos países.

Es fundamental que los Estados más ricos del mundo se impliquen en esta política solidaria global y también las grandes fortunas del planeta.

Es la ocasión de demostrar que puede existir una ética mundial más allá de los intereses tribales, regionales y económicos.

¿Es ético que mientras en países pobres no haya vacunas, en el Estado de Ohio, por ejemplo, el gobernador republicano Mike DeWine, prometa cinco premios de lotería de un millón de dólares para que los indecisos se vayan a vacunar?

Es un modo de incentivar a la población para que se vacune. Me parece obsceno, pero frente a los resistentes a la vacunación, puede ser un estímulo para vacunarse.

A veces no basta con la información científica, ni con la persuasión de los responsables políticos y los líderes sociales. Se necesita un refuerzo positivo y el dinero acostumbra a funcionar como zanahoria.

Desde una mirada global, la propuesta es obscena, pero forma parte de una obscenidad que está instalada en nuestro planeta.

Resulta obsceno que una estrella de fútbol perciba un sueldo astronómico, mientras que una enfermera que se deja la piel para aliviar el sufrimiento de un anciano dependiente apenas pueda alimentar a su familia.

¿Es lícito pagar, dar becas, hacer lotería, etcétera, por cumplir una obligación moral y por el bien de los demás?

Falta consciencia ética, sentido de la responsabilidad. Percibimos al otro como a un ser extraño que nada tiene que ver con nuestra vida y nuestro destino.

La experiencia ética nace cuando uno se siente fraternalmente unido al otro, cuando el otro se convierte en cómplice, o mejor todavía, en frater.

Es lícito, naturalmente, ofrecer incentivos, pero es un mal menor. La clave es la educación de la ciudadanía. La sensibilidad ética debe ocupar un lugar central en el proceso educativo.

La ética es responsabilidad, es donación, es salida de uno mismo, respuesta a la llamada del otro vulnerable.

Finalmente, doctor Torralba, en muchos lados se habla de ingresar en la “nueva normalidad”. ¿En verdad había alguna señal de “normalidad” antes de la pandemia?

La idea de normalidad ha sido muy cuestionada por los filósofos del siglo XX. Lo que es normal en Europa, no lo es en Asia. Lo que es normal en Suecia, no lo es en Perú.

La normalidad de algunos es la tragedia cotidiana de otros. Lo normal es lo que se repite y se instala como una rutina en la sociedad, pero esto no significa que sea lo óptimo, lo deseable.

Tenemos que repensar a fondo nuestra idea de normalidad y tener la audacia de reconocer el carácter excéntrico y monstruoso que tienen algunos hábitos sociales y costumbres instaladas en el cuerpo social.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 27 de junio de 2021 No. 1355