Por Tomás de Híjar Ornelas

“Nunca son tan peligrosos los hombres como cuando se vengan de los crímenes que ellos han cometido.” Sándor Márai

Este mes de junio del 2021 comenzó a destaparse la parte dura de un capítulo que no sabemos en qué concluya, pero que hasta el momento puede ser pretexto para el incendio de cuatro templos católicos en Canadá por parte de quienes se sienten agraviados –o quieren aprovecharse de eso– por el hallazgo de cementerios con cientos de tumbas sin identificar en los internados para niños indígenas de Kamloops y Marieval,

en la provincia de Saskatchewan, dos de los 139 establecidos en ese país entre 1883 y 1996, y donde fueron recluidos unos 150 mil niños separados de sus familias para borrarles todo rastro de su cultura y bajo la custodia de instituciones confesionales anglicanas, presbiterianas, de la Iglesia Unida de Canadá y católicas, en especial esta última (un 70%).

Aplicando los criterios de su tiempo, en estos internados los pupilos eran “civilizados” con métodos y conductas que podemos hoy considerar negligentes pues no desdeñaban el uso de castigos físicos, la violencia sexual y el racismo.

Para aclarar lo que allí pasó, en junio del 2015 el gobierno canadiense creó la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, la cual, a la vuelta de cuatro años, calificó los hechos como “genocidio cultural” y hasta tuvo noticia del deceso en tales centros de unos 4134 menores, aunque otras cuentas calculan que pudieron ser más de 6000, de muchos de los cuales sus padres nunca más supieron nada.

El primer ministro canadiense Justin Trudeau, a la cabeza del Partido Liberal, calificó el hallazgo de estas tumbas sin lápida (215 y 751, respectivamente) como “un recordatorio vergonzoso del racismo en su país”. En tanto, los directamente agraviados, que ahora forman la Federación de Naciones Indígenas Soberanas y representan a 74 comunidades autóctonas de Saskatchewan, se refirió a ello como “espantoso e impactante”. Trudeau declaró también que respecto a los pueblos originarios “Canadá es responsable del dolor y el trauma que sienten”, y hasta repitió una exigencia que él formulara a la Santa Sede en el 2017, solicitando del Papa Francisco una disculpa pública sin precedente por la participación que en ello pudo tener la Iglesia católica y que incluya la apertura de archivos y reparaciones económicas.

El 4 de junio, el primer ministro agregó, respecto al hermetismo eclesiástico en torno al caso, que “como católico, estoy profundamente decepcionado por la decisión que ha tomado la Iglesia católica ahora y durante los últimos años”, pero esta vez el Papa, apenas pudo, Francisco respondió de forma pública y directa dos días después, al finalizar el rezo del Ángelus en el Vaticano: “Sigo con dolor las noticias procedentes de Canadá sobre el espantoso descubrimiento de los restos de 215 niños, alumnos del Kamloops Indian Residential School, en la provincia de Columbia Británica”; expresó su cercanía con el pueblo canadiense pues “el triste descubrimiento aumenta nuestra conciencia del dolor y el sufrimiento del pasado” y pidió la colaboración conjunta y estrecha entre las autoridades políticas y las religiosas “para esclarecer este triste suceso”, y compromiso humilde para alcanzar “un camino de reconciliación y sanación”.

En la conclusión de su mensaje, Francisco tocó el núcleo de este debate y trazó una ruta y un reto muy a su modo: “que todos nos alejemos del modelo colonizador y también de las colonizaciones ideológicas de hoy, y para que caminemos juntos en el diálogo, el respeto mutuo y el reconocimiento de los derechos y valores culturales de todas las hijas e hijos de Canadá”.

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 4 de julio de 2021 No. 1356