Por P. Fernando Pascual

Todo acto humano orientado a lograr una meta, un fin, puede ser bueno o puede ser malo según diversos aspectos que forman parte de ese acto. Como no resulta fácil fijarse en todos, centramos la atención en la relación entre fines y medios.

Un fin puede ser bueno o malo en sí mismo. Por ejemplo, una persona escoge como fin denigrar al vecino. Otro decide mejorar la dieta, sobre todo después de haber visto los análisis del laboratorio que acaban de llegar.

Entre esos dos fines, el primero es claramente malo, el segundo suele ser bueno, aunque en ocasiones podría no serlo.

Una vez determinado un fin, cada uno escoge los medios para alcanzarlo. En el primer caso (denigrar al vecino), un medio muy usado es la calumnia.

Para el caso de la dieta, unos escogen como medio buscar en Internet informaciones más o menos interesantes, mientras otros prefieren ir a un buen médico que analice la situación y establezca consejos válidos.

Salta a la vista que hay acciones que son malas porque el fin buscado va contra el amor y contra la justicia, o porque los medios usados son incorrectos.

Existen otras acciones que tienen fines normalmente buenos, pero que escogen medios dudosos o incluso malos.

Resulta importante reflexionar a fondo en este tema, porque hay quienes buscan fines buenos a través de medios malos, con lo que se provocan daños en la propia conciencia y, en ocasiones, también en la vida de otros.

Esto vale también en el camino espiritual de cada uno. Es un fin bueno aumentar el amor a Dios, apartarse del pecado, promover la unidad de los católicos en la parroquia, mejorar la oración.

Pero serían medios malos dedicar un excesivo tiempo a lecturas espirituales mientras no se atienden las tareas de la casa, o expulsar de la parroquia a unos grupos con el fin de promover la unidad porque se acusa a esos grupos de tener maneras diferentes (pero aceptables) de ver las cosas.

En cada ámbito de nuestra vida, desde lo más sencillo hasta lo más importante, hay que reflexionar bien a la hora de tomar decisiones. Primero, para estar seguros de que los fines propuestos sean buenos. Segundo, para escoger medios que sean correctos y adecuados a los fines.

Puede parecer difícil, pero con la ayuda de buenos consejos, con un sano espíritu de reflexión, y desde la oración para pedir luz a Dios, será posible que nuestras acciones estén orientadas a fines y a medios que correspondan perfectamente a nuestra vocación al amor.

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