Es común que se tomen como sinónimos los valores y las virtudes, siendo que son distintos.

 Las virtudes son disposiciones internas, estables y voluntarias que llevan a las personas a hacer el bien.

Los valores son aquellas cosas que una persona acepta y vive como algo bueno, deseable o necesario para sí mismo.

 Las virtudes son universales; por tanto, no hay duda de la bondad de éstas. Por ejemplo, hay virtudes humanas como la lealtad, el orden, la solidaridad, el respeto, la gratitud, etc.; pero existen otras cuatro virtudes humanas especialmente importantes: prudencia, fortaleza, justicia y templanza, a las que se les llama “cardinales” porque son los ejes en torno a los cuales giran las demás.

En el caso de los valores, pueden o no coincidir con las virtudes, ya que son de carácter individual, generalmente encaminados a un fin personal.

Para alguien puede ser un valor el trabajo intenso para poder comprar una hermosa residencia de lujo, o ser disciplinado en el ejercicio y la dieta a fin de lograr un cuerpo tonificado, mientras que para otros no lo es en modo alguno. Por tanto, los valores no son universales.

 Al practicar las virtudes, la intención no es el protagonismo o el beneficio personal. En el caso de los creyentes, las virtudes no tienen más razón que amar y asemejarse más a Cristo.

En cambio, al practicar los valores, el individuo busca, por una decisión intelectual, realizar una serie de acciones que lo ayuden a conseguir sus objetivos; por ejemplo, para tener éxito profesional, decide ser ordenado, pulcro, honesto, respetuoso, amigable, puntual, etc.

Este otro ejemplo puede ayudar a entender la diferencia: en el caso de una campaña de recolección de dinero para construir hospitales de discapacitados, se puede actuar con virtud, ayudando sin esperar nada a cambio y sin buscar ningún protagonismo, sólo por amor a Dios y al prójimo.

O bien, como valor, alguien puede cooperar ciertamente, pero buscando salir en televisión o algún otro medio de comunicación que promocione su imagen, o también puede solicitar recibos para poder deducir impuestos, y, si bien esto último no es ningún pecado, no es comparable con lo sublime de vivir la virtud.

 Los valores no conducen necesariamente hacia la perfección humana, pero las virtudes sí. La clave para vivirlas es centrar la atención en su práctica más que en su reflexión.

TEMA DE LA SEMANA: PEQUEÑAS VIRTUDES QUE HACEN GRANDE A LA FAMILIA

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 31 de octubre de 2021 No. 1373